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miércoles, 10 de junio de 2026

Javier Peña, divulgador climático: "No nos podemos permitir el lujo de ser pesimistas cuando estamos jugando con la vida en la Tierra"

El creador y guionista Javier Peña aterriza este jueves 4 de junio en Palma para presentar el primer capítulo de su serie documental HOPE! Estamos a tiempo. El acto, organizado por la Fundació Gabriel Alomar, estaba previsto para el pasado 16 de abril, pero se suspendió por la muerte del concejal del PSOE en Alcúdia Joan Gaspar Vallori. La nueva convocatoria, abierta al público general y con entrada gratuita, será a las 17 horas en Cine Ciutat.

Empezaste este camino como divulgador climático por una inquietud personal. ¿Cómo se produce ese salto inicial?

Yo venía de la biología y la comunicación, en ese momento trabajaba en ese ámbito. En 2018 nació mi hijo y, a la vez, se publicó el informe de panel de expertos de la ONU sobre cambio climático, que fue lo más grave que se había publicado hasta la fecha. Eso, junto con lo que ya estaba viendo, fue una llamada de atención. Pensé que esto es lo más importante y empecé a abrir un canal en Facebook para amplificar el mensaje de los científicos y llamar a la acción.

¿Cuándo creaste el canal imaginabas que acabarías teniendo este alcance?

Nunca. Siempre fue pensado como algo por la necesidad de hacer algo en mi tiempo libre. Nunca pensé que acabaría dedicándome a ello, pero la acogida fue muy rapida, casi inmediata.

En el debate público, suele predominar un tono pesimista sobre el cambio climático. ¿Es útil este enfoque?

La buena noticia que tenemos con el cambio climático es que no es solo un problema grave, sino que tenemos las soluciones que necesitamos para resolverlo. Y además es un problema tan grave que no tenemos la opción de no resolverlo. No existe la opción de dejarlo pasar o de decir que no se va a resolver. No nos podemos permitir el lujo de ser pesimistas cuando estamos jugando con la vida en la Tierra, con el futuro de nuestros hijos y con un legado tan importante. Es demasiado tarde para no ser optimistas y para no poner el foco en las soluciones y en la acción.

No podemos quedarnos en el lamento ni en la desesperanza. Tenemos que actuar, tenemos esa responsabilidad. Somos los adultos a cargo de este momento y lo tenemos que resolver sí o sí.

Muchas veces se pone el foco en la ciudadanía. ¿Estamos cargando demasiada responsabilidad en la gente?

Es una tarea de todos. El ciudadano tiene mucho poder y eso no es una mala noticia, es una gran noticia, porque podemos ser parte de la solución. Nuestras decisiones en la dieta, el consumo energético o la movilidad importan, y además moldean lo que luego hacen los gobiernos y las empresas. Tiene que cambiar todo a la vez en todas partes, pero los ciudadanos tenemos un gran poder que tenemos que utilizar y ser conscientes de ello. No es una carga, es una responsabilidad y una oportunidad.

¿Qué medidas podrían tener mayor impacto a corto plazo?

Hay muchas. En la serie se recogen más de 50 soluciones: abandonar los combustibles fósiles, entrar en la era del sol, el viento y la electricidad, cambiar el sistema agroalimentario y volver a una agricultura regenerativa. Cuando esto se hace a escala se producen cambios en la prosperidad económica, en el clima de regiones enteras e incluso aumentan las lluvias. Eso nos da una visión del potencial que tenemos para moldear nuestro clima y nuestra prosperidad.

En HOPE! Estamos a tiempo, ¿qué puede encontrarse el espectador además de soluciones?

Es un recopilatorio de historias humanas excepcionales acompañadas por figuras clave a nivel científico. Pero sobre todo son historias de esperanza, de acción y del poder del optimismo. Es una invitación a ver cómo personas de distintos sectores consiguen reinventarse y ser parte de la solución. Cada episodio muestra experiencias reales, iniciativas que ya están en marcha y que demuestran que el cambio no es solo posible, sino que en muchos casos ya está ocurriendo. Es también una forma de acercar al espectador a soluciones concretas que a veces no son tan visibles, pero que están funcionando en distintos lugares del mundo.

¿Cómo ves el papel de las redes sociales en la divulgación climática?

Las redes son herramientas. Hay gente que las usa para el mal y otra que las usa para el bien. En nuestro caso han permitido que surjan proyectos que no habrían existido sin ellas. Hay buena divulgación que está llegando a mucha gente, pero también hay desinformación.

¿Cuáles son los errores más comunes comunicativos en torno al cambio climático?

Ha habido una campaña financiada principalmente por empresas de combustibles fósiles que ha sembrado dudas sobre la ciencia durante décadas. Pero ese debate ya está superado. Ahora estamos en la fase de soluciones y de la implementación. Y lo que vemos es que las transformaciones que tenemos que hacer son mejores, incluso aunque no existiera el cambio climático.

Además de la serie, también has participado en otros formatos. ¿En qué estás trabajando ahora?

Hemos lanzado el pódcast que se llama El mundo puede ser la hostia, que habla de soluciones y de cómo podemos hacer que el mundo sea un lugar mucho mejor. Y estamos desarrollando muchos proyectos piloto con HOPE. Además, ya se han formado más de 220 grupos ciudadanos en todo el mundo que organizan videofórums y generan grupos de acción local que trabajan con los ayuntamientos. Que la serie sirva como herramienta para impulsar estos procesos es, para mí, el mejor premio.

Vienes a Palma a presentar un episodio y debatir con colectivos locales. ¿Qué esperas de estos encuentros?

Es muy importante aprovechar la oportunidad de que tenemos las soluciones disponibles para cambiar el mundo y hacerlo rápido. Nos permite encontrarnos en cosas en las que estamos de acuerdo y trabajar en una tarea común, que es la regeneración. Es una tarea que nos debe unir como sociedad y como seres humanos, porque estamos de acuerdo en muchas más cosas de las que pensamos y este tipo de encuentros ayudan precisamente a eso, a generar espacios de diálogo y de acción compartida.

miércoles, 15 de abril de 2026

Mal de Parkinson

El pasado 11 de abril se conmemoró el Día Mundial del Parkinson, desorden cerebral que se caracteriza por los temblores, dificultad para caminar, pérdida de coordinación de movimientos y rigidez que afecta a más de cuatro millones de personas en el mundo.

Desde 1997, la Organización Mundial de la Salud (OMS) instauró el Día Mundial del Parkinson para conmemorar el nacimiento de quien describiera, por primera vez, hace casi doscientos años lo que era la enfermedad que él llamó parálisis agitante.

La medicina inglesa del período romántico –última gran época cultural europea que comenzó a fines del siglo XVIII y se extendió hasta mediados del siglo XIX- se caracterizó por dos orientaciones: el empirismo y la investigación anatomoclínica.

James Parkinson nació el 11 de abril de 1755 en Londres. Su padre, un cirujano y boticario de Hoxton, lo habría influenciado para que se dedicara a la medicina. Fue uno de los primeros estudiantes que ingresaron al London Hospital Medical College, donde sus estudios de latín, griego, historia natural y filosofía aprendidos durante su infancia y adolescencia le ayudaron mucho en su futuro profesional.

En 1785, asistió a un curso sobre teoría y práctica quirúrgica impartido por John Hunter, uno de los más prestigiosos cirujanos europeos que estableció las bases científicas de la cirugía y las condiciones para los avances del siglo XX.

Años más tarde, Parkinson fue elegido
 
fellow de la Medical Society of London que se había fundado en 1773. Hizo algunas publicaciones médicas en el London Medical Repository, los que se vieron interrumpidos cuando decidió dedicar su tiempo a actividades sociales y políticas. Sin embargo, cuando se aleja de ellas vuelve a retomar sus investigaciones que ya no abarcaban sólo medicina, sino que también geología y paleontología.

Entre los años 1799 y 1807, el doctor Parkinson vuelve a publicar trabajos médicos donde se dedicó a promocionar la mejora de la salud y el bienestar de la población. Se preocupó de las complicaciones que enfrentaban los niños cuando jugueteaban peligrosamente y compartió con la comunidad científica la naturaleza y cura de la gota, trastorno asociado con un error innato del metabolismo del ácido úrico que aumenta la producción o interfiere en la excreción de ácido úrico, que padeció por más de quince años.

Sin embargo, el trabajo médico más conocido del doctor Parkinson fue Essay on the shaking palsy (Ensayo sobre la parálisis agitante), donde en 1817 describió la enfermedad que llamó parálisis agitante, donde revisó la historia de seis pacientes londinenses de entre 50 y 72 años, donde la postura, temblor y manera de andar estaban perfectamente definidos en todos ellos, pero donde no se incluyó ninguna alusión a la rigidez.

Pese a que en el mismo prólogo de su ensayo reconoció que muchas de las observaciones allí plasmadas eran unas “sugerencias precipitadas”, porque había utilizado suposiciones en lugar de hacer una investigación exhaustiva y que ni siquiera había realizado exámenes anatómicos rigurosos, hoy sabemos que la descripción es incompleta, sin embargo las consideraciones realizadas por Parkinson tienen la virtud de haber unido una serie de síntomas que aparecían aislados.

Parkinson definió esta patología como “movimientos involuntarios de carácter tembloroso, con disminución de la fuerza muscular que afectan a partes que están en reposo y que, incluso, provocan una tendencia a la inclinación del cuerpo hacia delante y a una forma de caminar a pasos cortos y rápidos. Los sentidos y el intelecto permanecen inalterados”, señalaba.

Su trabajo permaneció en el olvido por mucho tiempo, hasta que varios años más tarde el doctor Jean-Martin Charcot, médico y psiquiatra francés padre de la neurología clínica conocido por sus grandes aportaciones al campo de la neurología y por la aplicación de la hipnosis en el tratamiento de la histeria, completó la definición de la enfermedad y la bautizó como enfermedad de Parkinson en reconocimiento al trabajo olvidado de su colega británico.

El neuropatólogo francés observó meticulosamente a sus pacientes y no dejó de lado el tema de la rigidez que presentaban ni tampoco que todos los enfermos de parkinson sufrían temblores y parálisis.

En 1919, Tretiakoff realizó la primera publicación anatomopatológica de la enfermedad, donde describió qué estructuras del cerebro estaban implicadas y cuál era el origen de los síntomas clínicos que presentaban los enfermos. Descubrió que la lesión básica se asentaba en la sustancia nigra, una pequeña zona del mesencéfalo -parte alta del tronco cerebral- que se llama así por el color oscuro que le da su alto contenido de hierro y que va perdiendo pigmento en la medida que se van muriendo sus neuronas.

La enfermedad de Parkinson se produce como consecuencia de una reducción de dopamina, un neurotransmisor que afecta partes del cerebro encargadas del movimiento. Esta patología ocasiona graves problemas físicos, llegando incluso a impedir el desarrollo de una vida normal si no se trata adecuadamente.

Otro efecto que se produce con la reducción de dopamina es el aumento de otro neurotransmisor: la acetilcolina, que está en equilibrio con la dopamina y que se encarga de registrar y recuperar la memoria.

A partir de 1950 se comenzaron a investigar qué fármacos podrían aumentar la concentración de dopamina en el sistema nervioso y en 1969 se descubrió que la levadopa, precursor de la dopamina, compensaba la deficiencia y mejoraba la movilidad del enfermo, sobre todo en los primeros años de tratamiento.


El médico sueco Arvid Carlsson y los científicos norteamericanos Paul Greengard y Eric Kandel recibieron en el año 2000 el Premio Nobel en Fisiología o Medicina por sus contribuciones para entender el funcionamiento del cerebro, en especial las formas en que las neuronas, es decir las células nerviosas, se comunican y conectan entre sí. Sus descubrimientos han permitido comprender cómo algunas alteraciones en las conexiones entre las células nerviosas pueden dar lugar a enfermedades neurológicas y psiquiátricas que han ayudado a las investigaciones del mal de parkinson.

Se estima que en nuestro país alrededor de 30 mil personas sufren esta enfermedad, cifra que en Estados Unidos aumenta a 1 millón y medio de personas que presentan la patología, con cerca de 20 mil pacientes nuevos cada año.

jueves, 27 de noviembre de 2025

Brian May

Brian May es una de esas personas que demuestran que la curiosidad no tiene límites. Mientras el mundo lo reconoce como guitarrista de Queen, detrás del escenario siempre mantuvo una segunda vida: la de un científico apasionado por entender el cosmos.

Antes de convertirse en una estrella mundial, May estudió física y matemáticas en el Imperial College London. Su interés por el universo era tan profundo que inició un doctorado en astrofísica, centrado en el estudio del polvo zodiacal: diminutas partículas que se acumulan en el plano del Sistema Solar y que revelan pistas sobre el origen y evolución de nuestro entorno espacial. Su investigación analizaba cómo estas partículas se mueven bajo la influencia de la luz del Sol, un tema clave en dinámica celeste.

La fama llegó primero que el título, y durante años su carrera musical ocupó casi todo su tiempo. Sin embargo, su vocación científica nunca desapareció. Décadas después, retomó su tesis con datos más recientes y la completó bajo la supervisión de investigadores del mismo Imperial College. En 2007 recibió oficialmente su doctorado, con una investigación totalmente válida dentro del campo de la física espacial.

Desde entonces ha colaborado en proyectos científicos reales. Participó como investigador asociado en la misión New Horizons de la NASA, dedicada a estudiar Plutón y el objeto Arrokoth en el Cinturón de Kuiper. Su trabajo se enfocó en análisis estereoscópico —técnica que permite construir imágenes tridimensionales a partir de fotografías reales— para estudiar la forma y estructura de estos mundos lejanos.

Brian May nunca dejó de ser músico, pero tampoco renunció a la ciencia. Logró algo poco común: combinar una trayectoria artística extraordinaria con una carrera científica genuina, basada en investigación y trabajo académico.
No es una historia de “doble vida”, sino la prueba de que una persona puede dedicar su energía a todas las pasiones que la mueven. Que la creatividad no solo se expresa en un escenario, también en un laboratorio, en una ecuación o en la búsqueda de respuestas sobre el origen del Sistema Solar.

domingo, 2 de noviembre de 2025

Sergio Jesús Rico Velasco: El Creador de la "Lluvia Sólida"

Sergio Jesús Rico Velasco es un ingeniero químico industrial mexicano, egresado del Instituto Politécnico Nacional (IPN). Es reconocido internacionalmente por su innovador invento: la "Lluvia Sólida", un proyecto que ha sido calificado como una solución fundamental para el problema de la sequía en la agricultura.

La "Lluvia Sólida" (Silos de Agua)
El invento, que él también denomina "Silos de Agua", es un polímero de acrilato de potasio biodegradable que se presenta en forma de polvo blanco, similar al azúcar.
¿Cómo funciona? El polímero tiene la capacidad de gelatinizar y encapsular grandes cantidades de agua (hasta 500 litros por cada kilo del producto).

Se coloca el polvo en la raíz de las plantas. Cuando llueve o se riega, el polímero absorbe el agua, creando un gel que mantiene la humedad en las raíces durante varios meses.

Beneficios:Reduce el consumo de agua en la agricultura entre un 50% y un 90%.
Mejora de cosechas: Se han reportado resultados extraordinarios, como un aumento significativo en la producción (ej. de 600 kg a 10 toneladas de maíz por hectárea en un estudio).

Versatilidad: Es ideal para zonas áridas o de baja precipitación, ya que el agua no se infiltra al subsuelo ni se evapora, rehidratándose repetidamente con cada precipitación.

Vida útil: El producto tiene una vida útil de 8 a 10 años.

Impacto y Reconocimiento
A pesar de que su proyecto fue inicialmente ignorado por algunas dependencias gubernamentales en México, ha logrado un gran reconocimiento y éxito en el extranjero, comercializándose en países como India, Colombia, España, Estados Unidos y otros.

Premios y Nominaciones:
En 2002, recibió el Premio Nacional de Ecología y Medio Ambiente por parte de la Fundación Miguel Alemán.

Ha sido nominado al prestigioso Premio Mundial del Agua (Stockholm Water Prize) por el Instituto Internacional del Agua de Estocolmo (SIWI).

Ha sido nombrado como una de las mentes científicas más brillantes de México por la revista Discovery.

sábado, 18 de octubre de 2025

Mario Molina: El Niño que Convirtió un Baño en Laboratorio y Salvó al Planeta

El químico Mario Molina falleció el 7 de octubre de 2020. Pionero a nivel mundial en el estudio de la química atmosférica. Predijo, junto con Frank Sherwood Rowland, el adelgazamiento de la capa de ozono como consecuencia de la emisión de los clorofluorocarburos. Sus áreas de investigación se centraron en la fisicoquímica (cinética química, fotoquímica y química heterogénea), la contaminación urbana, regional y global, así como en los aspectos científicos y políticos de la calidad del aire y el cambio climático. Fundó y presidió el Centro Mario Molina (2004). Ganador del Premio Nobel de Química en 1995. Ingresó al Colegio Nacional el 24 de abril de 2003.

Mario José Molina Pasquel Henríquez nació en la Ciudad de México el 19 de marzo de 1943. Desde niño mostró un interés inmenso en la química. Convirtió un baño de su casa en su primer laboratorio, usando microscopios de juguete y equipos de química. A esa edad, ya miraba al cielo no solo por su belleza, sino por su fragilidad.

Estudió Ingeniería Química en la UNAM, hizo un posgrado en la Universidad de Friburgo (Alemania), y obtuvo su doctorado en Fisicoquímica en la Universidad de California, Berkeley. Su carrera lo llevó a trabajar en instituciones de prestigio como la Universidad de California en Irvine, el Instituto Tecnológico de Massachusetts (MIT) y la Universidad de California en San Diego (UCSD).

En la década de 1970, mientras era un investigador postdoctoral en la Universidad de California en Irvine, el Dr. Molina hizo el trabajo que lo catapultaría a la historia. En colaboración con Frank Sherwood Rowland, investigó la vida de los clorofluorocarbonos (CFC), unos compuestos químicos que se usaban en aerosoles, refrigeradores y aires acondicionados.

Descubrieron que estos gases, al llegar a la estratósfera, no se descomponían como otros contaminantes. En cambio, eran descompuestos por la radiación solar y liberaban átomos de cloro, los cuales destruían masivamente la capa de ozono de la Tierra. Esta capa es vital, ya que protege al planeta de la peligrosa radiación solar entrante.

Por este trabajo fundamental en química atmosférica, que mostró cómo la actividad humana estaba literalmente agujereando el "escudo solar" del planeta, Mario Molina (junto con Rowland y Paul Crutzen) recibió el Premio Nobel de Química en 1995. Fue un reconocimiento a la ciencia que tiene un profundo significado en el mundo real para la humanidad.

El trabajo de Molina no se quedó en las revistas científicas. Se enfocó en la política de la ciencia, impulsando acciones globales para la protección del medio ambiente. Su descubrimiento llevó a la creación del Protocolo de Montreal, un acuerdo internacional para reducir la producción de CFCs, considerado uno de los tratados ambientales más exitosos de la historia.

Dedicó gran parte de su labor a la lucha contra el cambio climático y la contaminación atmosférica en grandes ciudades, incluyendo la Zona Metropolitana del Valle de México. Fundó el Centro Mario Molina para servir como "un puente de soluciones prácticas entre la ciencia y las políticas públicas".

"Los científicos pueden plantear los problemas que afectarán al medio ambiente con base en la evidencia disponible, pero su solución no es responsabilidad de los científicos, es de toda la sociedad."

viernes, 3 de octubre de 2025

Jane Goodall: la primatóloga que cambió la forma en que entendemos a los chimpancés y la naturaleza

Jane Goodall (1934-2025) fue mucho más que una científica: se convirtió en un símbolo mundial de la conservación, la empatía hacia los animales y la esperanza para el futuro del planeta. Tras su reciente fallecimiento a los 91 años, el mundo recuerda a la mujer que revolucionó la investigación de los chimpancés y dedicó su vida a defender la vida en todas sus formas.

De una niña curiosa a una científica pionera

Desde pequeña, Jane mostró una curiosidad insaciable por los animales. Con apenas cuatro años, su madre la encontró escondida en un gallinero observando cómo las gallinas ponían huevos. Ese mismo espíritu la llevó, décadas más tarde, a África.

En 1960, con solo 26 años y sin un título universitario formal, Jane Goodall inició en Tanzania una investigación que cambiaría la ciencia para siempre. Bajo la guía del antropólogo Louis Leakey, instaló un campamento en la reserva de Gombe para estudiar chimpancés en libertad.

Descubrimientos que rompieron paradigmas

Goodall sorprendió al mundo al demostrar que los chimpancés fabrican y usan herramientas, cazan en grupo, forman alianzas y hasta libran guerras territoriales. Fue también la primera en otorgarles nombres en lugar de números, reconociendo su individualidad y emociones.

Gracias a sus observaciones, la frontera entre humanos y animales se volvió más difusa. Sus hallazgos no solo transformaron la primatología, sino también nuestra visión de la evolución, la conducta social y la empatía hacia otras especies.

Activismo y legado global

Más allá de la ciencia, Jane Goodall se convirtió en una incansable activista. Fundó en 1977 el Jane Goodall Institute, presente hoy en más de 30 países, y en 1991 creó Roots & Shoots, un programa que moviliza a millones de jóvenes en proyectos ambientales y sociales.

Su trabajo le valió reconocimientos internacionales como la Medalla Presidencial de la Libertad en Estados Unidos, el Templeton Prize, y el título de Dame del Imperio Británico. En 2002 fue nombrada Mensajera de la Paz de la ONU.

Una vida dedicada a la esperanza

Hasta sus últimos años, Jane viajó incansablemente para dar conferencias sobre cambio climático, deforestación y bienestar animal. Su mensaje era claro: cada persona puede hacer la diferencia, por pequeña que sea su acción.

Al cumplir 90 años dijo que veía la muerte como su “próxima gran aventura”, con la misma curiosidad que la acompañó desde niña.

El adiós a una leyenda

El 1 de octubre de 2025, Jane Goodall falleció en California mientras realizaba una gira de conferencias. La noticia fue confirmada por su instituto y ha generado homenajes alrededor del mundo.

Su legado vive en cada joven inspirado por Roots & Shoots, en cada chimpancé protegido gracias a sus esfuerzos y en cada persona que entendió que cuidar el planeta es una responsabilidad compartida.

Jane Goodall nos enseñó que mirar a los ojos de un chimpancé es también mirarnos a nosotros mismos.

miércoles, 24 de septiembre de 2025

Julieta Norma Fierro Gossman

Julieta Norma Fierro Gossman (1948-2025) fue una destacada física, astrónoma e investigadora mexicana, reconocida a nivel internacional por su extensa labor en la divulgación científica.

Nació en la Ciudad de México el 24 de febrero de 1948. Estudió Física y obtuvo una maestría en Astrofísica en la Facultad de Ciencias de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM).

Fue investigadora titular del Instituto de Astronomía de la UNAM y profesora de la Facultad de Ciencias. Sus investigaciones se centraron en la materia interestelar y el sistema solar. Fue una de las divulgadoras de la ciencia más importantes de México, dedicada a acercar temas complejos al público general de manera accesible. Creó exposiciones para museos, escribió libros y artículos, y participó en programas de radio y televisión.

Dirigió la Dirección General de Divulgación de la Ciencia de la UNAM de 2000 a 2004. Colaboró en la creación de la sala de astronomía de Universum, el Museo de las Ciencias de la UNAM, y del Museo Descubre de Aguascalientes. Ocupó cargos directivos en diversas organizaciones, como la Unión Astronómica Internacional y la Academia Mexicana de Profesores de Ciencias Naturales.

Fue elegida miembro de número de la Academia Mexicana de la Lengua en 2003, ocupando la silla XXV. También fue miembro correspondiente de la Real Academia Española. Escribió alrededor de 40 libros, de los cuales 23 son de divulgación científica, y numerosos artículos.

A lo largo de su carrera, recibió múltiples reconocimientos por su labor, entre ellos: El Premio Kalinga de la UNESCO. El Premio de la Academia de Ciencias del Mundo. Doctorados honoris causa.

Julieta Fierro falleció el 19 de septiembre de 2025. Es recordada como una figura clave que acercó el universo a miles de personas, inspirando la curiosidad científica en varias generaciones.


lunes, 7 de julio de 2025

Gerty Cori: la bioquímica que explicó cómo el cuerpo transforma el azúcar en energía muscular

Gerty Theresa Cori nació el 15 de agosto de 1896 en Praga, entonces parte del Imperio Austrohúngaro. Fue una científica brillante, pionera en el estudio del metabolismo de los carbohidratos y la primera mujer en recibir el Premio Nobel de Fisiología o Medicina. Su vida, marcada por una profunda pasión por la ciencia y por la colaboración con su esposo Carl Cori, dejó una huella indeleble en la historia de la medicina.

Carl, Gerty Cori desarrolló una línea de investigación revolucionaria que permitió entender cómo el cuerpo procesa y almacena energía, un conocimiento esencial para el tratamiento de enfermedades como la diabetes. Su trabajo conjunto les valió el Nobel en 1947, y aunque su carrera fue breve debido a una enfermedad incurable, su legado sigue iluminando la ciencia biomédica.

Orígenes y formación en Praga
Gerty creció en una familia culta de origen judío, y desde pequeña mostró una gran inclinación por las ciencias. Estudió medicina en la Universidad Alemana de Praga, donde conoció a Carl Ferdinand Cori, quien sería su esposo y compañero científico de por vida. Ambos compartían no solo intereses académicos, sino una visión idealista de lo que la ciencia podía lograr para la humanidad.

Durante su época universitaria, Gerty comenzó a interesarse por la bioquímica, un campo que entonces apenas empezaba a desarrollarse. Se graduó en 1920 con el título de doctora en medicina. Ese mismo año se casó con Carl, sellando una unión que sería tanto afectiva como intelectual. Poco después, trabajaron juntos en diversas áreas clínicas como pediatría, patología y farmacología, aunque siempre con una inquietud científica más profunda.

Un nuevo comienzo en Estados Unidos
La situación política y económica de la Europa de entreguerras impulsó a los Cori a buscar mejores oportunidades. En 1922 emigraron a Estados Unidos, donde comenzaron a trabajar en el Instituto Estatal para el Estudio de Enfermedades Malignas en Buffalo, Nueva York. Allí iniciaron estudios sobre el metabolismo de tumores, lo cual los llevó a interesarse profundamente por cómo el cuerpo transforma los carbohidratos.

En esta primera etapa estadounidense, la pareja enfrentó numerosos desafíos. Gerty tuvo mayores dificultades que su esposo para encontrar un puesto de investigación formal, debido a los prejuicios de género. Sin embargo, nunca se detuvo: continuó colaborando con Carl de forma constante y rigurosa, publicando investigaciones conjuntas de alto nivel científico.

Consolidación científica en St. Louis
En 1931, los Cori se mudaron a St. Louis, Missouri, para unirse a la Facultad de Medicina de la Universidad de Washington. Allí fue donde sus carreras alcanzaron su máxima proyección. Aunque Gerty tardó más que Carl en ser reconocida oficialmente —no fue nombrada profesora hasta 1947—, su papel en los descubrimientos fue fundamental.

Durante esta etapa, abandonaron los estudios en animales completos para centrarse en sistemas enzimáticos aislados. Descubrieron la glucosa-1-fosfato, llamada luego “éster de Cori”, y enzimas clave como la fosfoglucomutasa, que transforma dicha glucosa en una forma utilizable por el cuerpo. También lograron cristalizar la enzima fosforilasa, que permite descomponer el glucógeno y liberar energía.

Estos avances permitieron no solo entender cómo se almacena y libera la energía en las células, sino también abrir una nueva puerta al diagnóstico y tratamiento de enfermedades metabólicas. De hecho, Gerty logró identificar cuatro tipos diferentes de enfermedades de almacenamiento de glucógeno, contribuyendo enormemente al conocimiento de la fisiopatología humana.

El ciclo de Cori: una revolución metabólica
El ciclo de Cori es probablemente la aportación más célebre de Gerty y Carl Cori. Explica cómo el cuerpo convierte la glucosa en energía durante la actividad muscular y luego la recicla para volver a usarla. En resumen: cuando los músculos trabajan intensamente y no hay suficiente oxígeno, transforman la glucosa en ácido láctico. Este ácido láctico pasa a la sangre, llega al hígado, donde se convierte nuevamente en glucosa y se reutiliza.

Este proceso es vital durante el ejercicio intenso y permite que los músculos sigan funcionando incluso en condiciones de esfuerzo extremo. Además, su descubrimiento fue fundamental para entender enfermedades como la diabetes, ya que mostró cómo se interrumpe o se altera este ciclo en personas con trastornos metabólicos.

El hallazgo del ciclo de Cori no solo fue un logro técnico, sino también un ejemplo de cómo el trabajo paciente y colaborativo puede revelar los secretos más esenciales de la vida. Fue por este descubrimiento que ambos recibieron el Nobel en 1947.

Filosofía de vida y pensamiento
El trabajo de los Cori fue ampliamente reconocido en vida. Gerty recibió numerosos premios, grados honorarios y membresías en academias científicas. Sin embargo, nunca perdió su humildad ni su amor por la ciencia. En un ensayo titulado Glories of the Human Mind, compartió su filosofía: veía en la ciencia y el arte las más grandes expresiones del espíritu humano.

También reconocía que la ciencia, mal utilizada, podía convertirse en una herramienta peligrosa en manos equivocadas. Aun así, defendía que el conocimiento es una fuerza esencial para el bienestar y la justicia, si se guía por la compasión y la ética. Su vida misma fue un testimonio de ese ideal.
Últimos años y despedida

En 1947, el mismo año en que recibió el Nobel, Gerty fue diagnosticada con mielofibrosis, una enfermedad rara que afecta la médula ósea. A pesar del deterioro progresivo de su salud, continuó trabajando durante casi una década más. Nunca abandonó su laboratorio ni su papel como mentora de jóvenes científicas y científicos.

Falleció el 26 de octubre de 1957, en St. Louis, Missouri, a los 61 años. Su esposo, Carl Cori, anotó la fecha en su calendario personal, un pequeño gesto que simboliza el vínculo profundo y duradero que compartieron.

miércoles, 23 de abril de 2025

Dorothy Crowfoot y las estructuras invisibles

Una lectura en la adolescencia puede cambiar el futuro de una persona de forma insospechada. Esto le ocurrió a Dorothy Crowfoot cuando, con solo quince años, leyó el libro Concerning the Nature of Things (1925) de William Henry Bragg, el padre de la cristalografía. Esta lectura marcó el rumbo de Dorothy y la llevaría a convertirse en la tercera mujer en ganar un Premio Nobel.

La química británica Dorothy Mary Crowfoot-Hodgkin nació en El Cairo en 1910, en una época en la que Egipto era una colonia británica. No fue una mujer que destacase por un solo descubrimiento, sino por un conjunto de logros, todos relacionados con un campo común: la cristalografía de rayos X.

La cristalografía de rayos X: el descubrimiento revolucionario
El libro de Bragg que leyó Dorothy mostraba cómo “ver” los átomos y moléculas dentro de una estructura tridimensional formada por cristales, gracias a la cristalografía de rayos X. En esta técnica, se hacen pasar rayos X a través de un material cristalino y se proyecta una imagen con puntos que forman un patrón. El estudio de este patrón revela la estructura tridimensional del material. William Henry Bragg ganó el Premio Nobel de Física en 1915 por sus contribuciones en este campo. Pronto surgió interés por esta técnica en biología, ya que se sospechaba que las biomoléculas también podrían tener estructuras tridimensionales similares a los cristales simples. Aquí fue donde Dorothy jugó un papel crucial, hasta ganar el Premio Nobel de Química en 1964 “por la determinación de la estructura de numerosas sustancias biológicas mediante los rayos X.” No fue una sola molécula, sino varias.

Dorothy realizó sus estudios de química en la Universidad de Oxford entre 1928 y 1932. Tuvo la oportunidad de asistir a una conferencia del cristalógrafo John Desmond Bernal, conocido por ser el autor de Historia social de la ciencia. Unirse al laboratorio de Bernal en Cambridge fue el impulso que necesitaba para especializarse en cristalografía de rayos X aplicada a la biología. Su mentor defendía la coeducación, una idea que comenzaba a ganar relevancia, aunque las mujeres aún enfrentaban muchas dificultades. Tras completar su doctorado en 1934, volvió a Oxford, donde investigó en su especialidad hasta el final de sus días, destacando en un contexto científico predominantemente masculino.

Las moléculas que cambiaron la historia
Dorothy logró desvelar la estructura tridimensional de varias biomoléculas: colesterol (1937), penicilina (1945), vitamina B12 (1954) e insulina (1969). Lawrence Bragg, hijo de William Henry Bragg, afirmó que su trabajo sobre la vitamina B12 era tan significativo “como romper la barrera del sonido.” Respecto a la insulina, dedicó treinta y cinco años a su estudio, mejorando sus métodos para poder determinar su estructura molecular, una sustancia que consideraba fascinante y sobre la que ofreció numerosas conferencias alrededor del mundo.

La penicilina ocupa un lugar especial en los estudios de Dorothy, ya que se enamoró de esta molécula al conocer que podía curar ratones infectados por bacterias. Estaba convencida de que conocer su estructura tridimensional permitiría fabricar penicilina en grandes cantidades, y acertó. Estudió la penicilina en la década de 1940 utilizando los primeros ordenadores, que ocupaban habitaciones enteras, lo que la convirtió en una pionera en este ámbito.
Una pionera incansable hasta el final
Nuestra protagonista no solo fue una luchadora en la ciencia. Desde los veinticuatro años fue diagnosticada con artrosis severa, que afectó sus manos y pies. En esa época no había tratamiento para la artrosis, por lo que sufrió en silencio el dolor, mientras sus manos se deformaban progresivamente. No obstante, continuó escribiendo a mano todo lo que podía, adaptando su caligrafía para no mostrar sus dificultades. Incluso cuando se retiró en 1977, siguió viajando y dando conferencias, ya desplazándose en silla de ruedas debido a su enfermedad. Antes de ello, Dorothy fue madre de tres hijos y no permitió que la maternidad la alejase de su pasión por los cristales.

Por su trabajo incansable, fue reconocida en vida, como muestra su inclusión en la Real Sociedad de Londres a los treinta y siete años, siendo la tercera mujer en ser aceptada como miembro en casi trescientos años de existencia. Dorothy Crowfoot-Hodgkin falleció el 29 de julio de 1994 a los ochenta y siete años.

El legado de la cristalografía de rayos X y su evolución hasta hoy
El trabajo de Dorothy Crowfoot-Hodgkin marcó un punto de inflexión en la cristalografía de rayos X, abriendo nuevas posibilidades para explorar las estructuras de moléculas biológicas complejas. A partir de sus descubrimientos, la técnica se perfeccionó y comenzó a aplicarse en un rango mucho más amplio de investigaciones. Durante las décadas posteriores, los avances en computación permitieron analizar los patrones de difracción de forma más precisa y rápida, reduciendo significativamente el tiempo necesario para resolver estructuras tridimensionales. Este progreso fue clave para el desarrollo de la biología estructural moderna.

En la actualidad, la cristalografía de rayos X se ha convertido en una herramienta esencial para la ciencia, especialmente en el ámbito de la biomedicina. Los científicos la utilizan para estudiar proteínas complejas, como las enzimas y los receptores celulares, que juegan un papel crucial en enfermedades como el cáncer o el Alzheimer. La técnica ha sido fundamental para diseñar fármacos más efectivos, ya que permite visualizar exactamente cómo una molécula terapéutica interactúa con su objetivo. Incluso con la llegada de métodos alternativos, como la criomicroscopía electrónica, la cristalografía sigue siendo el estándar para obtener imágenes de alta resolución a nivel atómico.

La técnica ha trascendido el ámbito de la biología. Hoy se utiliza en el estudio de materiales avanzados, como superconductores y nanomateriales, que requieren un conocimiento detallado de sus estructuras cristalinas. Estos análisis contribuyen a desarrollar tecnologías en campos tan diversos como la energía renovable, la electrónica y la ciencia de los materiales. El legado de la cristalografía de rayos X es evidente en la enorme cantidad de descubrimientos científicos que se han logrado desde los primeros pasos de Dorothy, mostrando cómo una técnica que comenzó como una herramienta de laboratorio se ha convertido en un pilar fundamental de la investigación científica moderna.

jueves, 20 de marzo de 2025

El investigador Bulmaro Morales, quien recuperó la flor cosmos chocolate que se creía extinta

El rescate de una flor que se creía extinta puso a México en el mapa de la botánica mundial. La historia del Cosmos chocolate, una flor nativa y endémica de México, es tan fascinante como inspiradora.

El responsable de este logro es el doctor Bulmaro Morales, un joven científico oriundo de la comunidad Viejo Monte Cristo en el municipio de Las Margaritas, Chiapas. A continuación, te contamos cómo sucedió.
De humildes orígenes a científico reconocido

Bulmaro Morales Vázquez, nacido en una pequeña comunidad de Chiapas, demostró desde joven una pasión por la naturaleza. A los 12 años, dejó su hogar para estudiar en la ciudad de Las Margaritas.

En 2011, ingresó a la Universidad Autónoma Chapingo, donde se especializó como Ingeniero Agrónomo en Fitotecnia. Su amor por el campo y su dedicación lo llevaron a obtener una maestría en Ciencias en Horticultura en 2017 y el grado de doctor en 2023.

La flor cosmos chocolate, tesoro redescubierto
El Cosmos chocolate, conocido científicamente como Cosmos atrosanguineus, es una planta que se distingue por sus flores de color rojizo profundo y un aroma único a chocolate. Esta flor, exótica y muy valorada, había desaparecido de su hábitat natural en México y se creía extinta.

Sin embargo, en 2015, Bulmaro Morales, junto con un equipo de profesores-investigadores de la Universidad Autónoma Chapingo, inició un arduo trabajo de exploración y conservación.

Durante la investigación para su tesis de doctorado, el equipo liderado por los doctores José Merced Mejía Muñoz y Teresa Colinas León encontró una pequeña población silvestre de Cosmos chocolate en su hábitat natural.

Desde ese momento, desarrollaron un programa de conservación, aprovechamiento y mejoramiento genético. En 2022, culminaron su trabajo con el registro de la primera variedad mexicana de esta especie: «Dulce Amanecer».

Reconocimiento nacional e internacional
Por sus logros, el doctor Bulmaro Morales fue galardonado con el premio «Arturo Fregoso Urbina 2023», otorgado por la Universidad Autónoma Chapingo a las mejores tesis de maestría y doctorado. Este reconocimiento resalta la importancia de recuperar recursos fitogenéticos para el desarrollo del campo mexicano.

El doctor Morales no solo ha realizado estancias académicas en Chile y Paraguay, sino que también ha representado a México en congresos internacionales en Bélgica, Brasil, Paraguay y Francia. Actualmente, es parte del cuerpo docente de la Universidad Autónoma de Chiapas, donde continúa contribuyendo al avance científico y educativo.

El rescate del Cosmos chocolate no solo es un logro académico, sino un aporte invaluable al patrimonio natural de México. Desde Las Margaritas hasta los escenarios internacionales, el doctor Bulmaro Morales demuestra que con pasión y esfuerzo, incluso los sueños más grandes pueden hacerse realidad.

“Son logros que nunca imaginé, pero que gracias a la Universidad Autónoma Chapingo y al amor por el campo llegaron a ser posibles. Hoy me llena de orgullo poder compartirlos”, dijo el doctor Morales al Novedades de Tabasco.

sábado, 12 de octubre de 2024

Premio Nobel de Medicina 2024

El Premio Nobel de Medicina 2024 fue otorgado a los científicos estadounidenses Victor Ambros y Gary Ruvkun por su descubrimiento de los microARN y su papel crucial en la regulación génica post-transcripcional. Su investigación abrió una nueva dimensión en la comprensión de cómo se controla la actividad de los genes en los organismos multicelulares.

Los microARN son pequeñas moléculas de ARN no codificantes que regulan la expresión génica al bloquear la producción de proteínas a partir de ciertos genes. Este mecanismo es fundamental para el desarrollo de diferentes tipos de células, lo que permite que, aunque todas las células de un organismo compartan el mismo ADN, tengan funciones y características distintas, como ocurre con las neuronas y las células musculares.

Ambros y Ruvkun hicieron este hallazgo en el gusano Caenorhabditis elegans a principios de los años 90, un organismo modelo común en estudios de biología del desarrollo. A pesar del escepticismo inicial, sus descubrimientos demostraron ser relevantes no solo en estos organismos, sino también en humanos. Hoy en día, se sabe que el genoma humano codifica más de mil microARN diferentes, lo que subraya la importancia de este sistema de regulación en la biología humana y la salud.

Este descubrimiento ha revolucionado áreas como la investigación del cáncer y las enfermedades neurodegenerativas, ya que los microARN están implicados en procesos celulares clave que, cuando fallan, pueden contribuir al desarrollo de estas enfermedades.

jueves, 8 de agosto de 2024

Nettie Stevens, la bióloga que descubrió los cromosomas X e Y

Descubrir la base cromosómica de la herencia y el sexo, pero, aun así, ser ninguneada y discriminada. Esa fue la realidad de Nettie Maria Stevens, una bióloga y genetista estadounidense cuyo trabajo revolucionó la comprensión de la genética.

Nacida en una época en la que las mujeres enfrentaban enormes obstáculos para acceder a la educación y a la investigación científica, Nettie demostró una gran determinación y vocación que la llevaron a cumplir su sueño y dedicarse a lo que realmente deseaba.

Su descubrimiento de los cromosomas X e Y como determinantes del sexo biológico de los organismos sentó las bases de la genética moderna y transformó completamente las teorías existentes sobre la herencia y el desarrollo biológico.

DEL SACRIFICIO A STANFORD
Nettie Stevens nació el 7 de julio de 1861 en Cavendish, Vermont, en una familia humilde. A los 4 años vivió una de las primeras tragedias de su vida al enfrentar la muerte de su madre y la mudanza de toda su familia a Westford para afrontar la falta de recursos.

Sin embargo, desde bien pequeña demostró un gran talento académico, destacando en todas las materias escolares y demostrando un especial interés por la biología y la medicina. No obstante, la situación económica de su familia no le permitió continuar de inmediato con una educación superior y, al graduarse de secundaria en 1880, tuvo que hacer una pausa en sus aspiraciones académicas para ayudar a mantener a su familia: trabajó durante más de una década como profesora y bibliotecaria, ocupaciones que, lejos de ayudarle solo a subsistir, le permitieron ahorrar para su futuro educativo.

Pero a pesar de esas dificultades, Nettie nunca perdió de vista su sueño de asistir a la Universidad. Con 35 años, después de más de 10 años de sacrificio y trabajo, puso matricularse en la Universidad de Stanford en 1896. Su ingreso marcó el comienzo de una nueva etapa en su vida, en la que sobresalió en todas sus clases, obteniendo tanto su licenciatura como una maestría en biología en un periodo realmente corto. Antes de cumplir 40 años, Nettie era ya una científica formada y motivada a explotar al máximo todo su potencial

¿FACTORES EXTERNOS?
Tras graduarse, Nettie continuó su viaje en el Bryn Mawr College, en Filadelfia, un centro de excelencia de educación superior para mujeres. En Bryn Mawr, Nettie se unió a un entorno inspirador de investigación, donde su talento llamó rápidamente la atención.

Durante su doctorado, recibió una beca de investigación que le permitió pasar un año en Europa, trabajando en dos de los institutos de zoología más renombrados del momento: Nápoles y Würzburg. De hecho, en este último trabajó con el biólogo de renombre Theodor Boveri, cuyo trabajo sobre el papel de los cromosomas en la herencia impactó en Nettie e impulsó su propia investigación.

De vuelta en Bryn Mawr, Nettie centró sus esfuerzos en el estudio de la citogenética, un campo que estudiaba la estructura y la función de los cromosomas. Decidió estudiar insectos, particularmente el gusano de la harina, debido a sus características reproductivas que los hacían ideales para observar procesos de espermatogénesis y determinación del sexo.

En 1903, completó su doctorado y su investigación había comenzado a tomar una forma muy atractiva y a causar interés en el resto de científicos de la época: los estudios de Nettie empezaban a desafiar las teorías prevalentes de la época, que atribuían la determinación del sexo a factores puramente externos o, incluso, a ciertas características en el citoplasma de las células.

XX O XY
Finalmente, en 1905, Nettie Stevens publicó su trabajo más importante, Studies in Spermatogenesis with Special Reference to the "Accessory Chromosome". Se trataba de un estudio que demostró que el sexo de un organismo estaba determinado por los cromosomas específicos que aportaban los espermatozoides. Al estudiar el gusano de la harina, Stevens observó que los machos producían dos tipos de espermatozoides: uno con un cromosoma X y otro con un cromosoma Y, mientras que las hembras solo producían óvulos con cromosomas X. Concluyó que si un óvulo era fecundado por un espermatozoide con un cromosoma X, el resultado sería una hembra, y si era fecundado por uno con un cromosoma Y, el resultado sería un macho.

Sin embargo, aunque el impacto de este descubrimiento fue enorme, Nettie tuvo que enfrentarse a una comunidad científica dominada por hombres, donde sus hallazgos no fueron inmediatamente aceptados. El mismo año de su publicación, el renombrado biólogo Edmund Beecher Wilson publicó un estudio similar, y debido a su prominencia, se le atribuyó gran parte del crédito inicial. A pesar de ello, Nettie continuó con su trabajo, produciendo investigaciones de alta calidad que reafirmaban y expandían sus hallazgos iniciales.

Publicó numerosos artículos que no solo detallaban sus propias investigaciones, sino que también citaban y reconocían el trabajo de otras científicas, en un esfuerzo por visibilizar y legitimar sus contribuciones en un campo que las relegaba a un segundo plano. Stevens colaboró con destacados científicos de su tiempo, como Thomas Hunt Morgan, quien más tarde ganaría el Premio Nobel, y su mentor E.B. Wilson, demostrando que su trabajo tenía un profundo impacto en la biología y la genética.

En 1912, a los 53 años, falleció de cáncer de mama, justo cuando estaba a punto de ocupar una cátedra recién creada para ella en Bryn Mawr College. Su muerte temprana truncó una carrera prometedora que ya había dejado una marca indeleble en la biología. El reconocimiento pleno de su trabajo llegó póstumamente, cuando se hizo evidente que sus investigaciones sobre los cromosomas sexuales eran más completas y precisas que las de sus contemporáneos.

jueves, 4 de julio de 2024

Galvani, Volta y la electrizante historia de la batalla por la electricidad

Desde los albores de la humanidad, el misterio de la electricidad ha fascinado e intrigado a mentes curiosas. En el siglo XVIII, dos gigantes de la ciencia, Luigi Galvani y Alessandro Volta, se enfrentaron en un épico debate que cambiaría para siempre nuestra comprensión de la bioelectricidad.

Galvani, un anatomista y fisiólogo, descubrió que las patas de las ranas muertas se contraían al ser tocadas por un bisturí durante una tormenta eléctrica. Este fenómeno, que él atribuyó a una forma de electricidad inherente a los seres vivos, lo llamó “electricidad animal”. Su trabajo sugirió que los seres vivos tenían una fuerza vital eléctrica que era parte integral de la vida misma.

Volta, por otro lado, era un físico que cuestionaba la teoría de Galvani. Argumentaba que la contracción era causada por la electricidad generada por el contacto de metales diferentes, no por una electricidad animal. Para probar su teoría, Volta inventó la pila voltaica, el primer dispositivo capaz de producir una corriente eléctrica constante, sentando las bases de la electroquímica.

La disputa entre Galvani y Volta no fue solo científica, sino también filosófica. Representaba la lucha entre la visión de un mundo animado por una fuerza vital especial y la idea de que los procesos biológicos podían explicarse mediante leyes físicas y químicas.

Hoy, sabemos que la bioelectricidad es fundamental para la vida: permite que nuestro cerebro envíe señales, que nos desarrollemos en el útero y que nuestros cuerpos se curen. La obra de Sally Adee, “Somos electricidad”, publicado por Pinolia, explora esta fascinante historia y cómo la bioelectricidad podría ser la clave para curar enfermedades, regenerar tejidos y, quizás, desentrañar los secretos del envejecimiento.

Ahora, te presentamos un extracto exclusivo del primer capítulo de “Somos electricidad”, donde Sally Adee nos sumerge en la historia de Galvani, Volta y la batalla por la electricidad.

Artificial vs animal: Galvani, Volta y la batalla por la electricidad, de Sally Adee
Alessandro Volta estaba asombrado. En sus manos tenía una primera impresión de un manuscrito cuyo autor afirmaba haber resuelto un antiguo misterio: ¿cuál es la sustancia que recorre todos los seres vivos, que sustenta cada uno de sus movimientos e intenciones? La respuesta: la electricidad.

Volta, un fortachón de constitución compacta, de cuellos altos y extravagantes, y cuya espesa cabellera negra parecía enzarzarse en una furiosa batalla con su frente, se sentía especialmente cualificado para evaluar las afirmaciones de este autor. Poco más de una década antes, en 1779, había sido ascendido al puesto de catedrático de Física Experimental en la Universidad de Pavía, tras idear una nueva herramienta que dispensaba un rápido suministro de descargas estáticas. Había sido ampliamente adoptado por otros científicos (y presagiaba el dispositivo que más tarde cimentaría su nombre en la historia), pero sus escasos elogios no eran suficientes. Volta quería más elogios. Se lo merecía. Había ascendido de cargo varias veces, había recorrido los centros científicos más importantes y se había creado una red social muy influyente de mecenas, formada no solo por científicos, sino también por políticos y otros miembros de los estratos más altos de la sociedad italiana. Estaba a punto de establecerse como una de las autoridades mundiales en el controvertido, glamuroso y novedoso estudio del misterioso fenómeno de la electricidad.

La electricidad era —y es— una fuerza de la naturaleza, cuyos misterios empezaban entonces a ceder a la investigación científica. Nadie entendía gran cosa de este fluido invisible. Producía descargas eléctricas, a veces mataba desde el cielo y no se sabía si era el mismo material que los peces eléctricos utilizaban para aturdir a sus presas. Además, la electricidad acababa de salir del ámbito de los trucos y las especulaciones absurdas (se afirmaba que los hombres con mucha electricidad podían producir chispas durante las relaciones sexuales).

Hacía poco que se habían desarrollado las primeras herramientas rudimentarias para contener esta materia salvaje y así poder realizar investigaciones y experimentos científicos serios. Sus inventores eran la versión científica de las estrellas de rock del siglo XVIII. Volta era uno de ellos y se había ganado la reputación de estrella emergente entre los científicos que descifraban los misterios de la electricidad para convertirlos en verdades empíricas. Algunos de sus colegas físicos empezaban incluso a referirse a él como el «Newton de la electricidad». Pero, ahora, este autor, el anatomista Luigi Galvani, afirmaba haber encontrado una variante biológica.

Galvani era un patán estirado de un Estado italiano que acababa de empezar a adquirir el equipamiento necesario para ponerse al día con el siglo actual. Un obstetra piadoso cuyo manuscrito estaba lleno de vocabulario muy poco sofisticado. ¿Este personaje pretendía tener un conocimiento superior de las cosas que habían confundido a los hombres más inteligentes de la filosofía y la ciencia?

En el manuscrito se puede percibir que Galvani era consciente de la magnitud de lo que se proponía. «Nunca podría suponer que la fortuna fuera tan amistosa conmigo como para permitirme ser el primero en manejar, por así decirlo, la electricidad oculta en los nervios», escribió en el prefacio, con una inquietud que rayaba en el presagio. De hecho, esa pretensión acabaría siendo su ruina.

¿Cómo pudo ser tan controvertida la afirmación de Galvani de que el cuerpo está animado por una especie de electricidad? Para entender por qué Volta se indignó tanto, debemos comprender hasta qué punto la biología iba a la zaga de la física a finales del siglo XVIII.

La revolución científica en Europa había puesto patas arriba la comprensión del mundo físico por parte de los científicos, derribando la sabiduría recibida y sustituyéndola por leyes comprobables y ecuaciones predictivas. Copérnico y Galileo arrancaron nuestro planeta del centro de la creación y lo situaron en un rincón anodino del cosmos. Kepler descubrió las leyes que rigen el movimiento de los planetas alrededor del nuevo sol central. Y a partir de ellas, Newton dedujo la ley de la gravedad y extrapoló cómo caen las cosas a la Tierra. La biología, en cambio, descubrió pocas novedades de esta magnitud. Este prometedor siglo terminó en un punto muerto para el estudio de los seres vivos. Los microscopios permitieron a los fisiólogos examinar las minucias de las bacterias, las células sanguíneas y las levaduras. Los anatomistas elaboraron mapas detallados de los nervios que se infiltraban en todas las extremidades del cuerpo. Incluso, se llegó a la conclusión de que estos nervios estaban estrechamente relacionados con nuestra capacidad para mover las extremidades. ¿Pero cómo?

A finales del siglo XVIII, los científicos aún no sabían casi nada del mecanismo que permitía a los humanos caminar y hablar y mover los dedos de las manos y los pies, sentir o rascarse un picor. ¿Cómo dirigía el alma inmaterial los movimientos de la máquina animal? Nadie tenía la menor idea. Decir que la comprensión de este fenómeno en el sigloXVIII estaba estancada en la Edad Media sería quedarse corto. Se había atascado mucho antes, con Claudio Galeno, un brillante médico y filósofo influyente en la Roma del siglo II. Él dio el pistoletazo de salida a 1500 años de reflexiones filosóficas sobre lo que fluía por nuestros cuerpos que nos permitía movernos y pensar. Las conjeturas de Galeno procedían de siglos de pensamiento aristotélico y se perfeccionaron con la ayuda de multitud de cadáveres disecados.

Los nervios, concluyó, son tubos huecos que envían la voluntad del hombre a través de sustancias etéreas llamadas pneuma psychikon —«espíritus animales»— para ejecutarse en sus miembros y músculos; y el término «animal» no era en el sentido zoológico, sino en el sentido de anima, la traducción latina de psique, la palabra griega para vitalidad. Estos espíritus, proponía Galeno, se producían en una compleja serie de interacciones dentro del cuerpo, que comenzaban en el hígado, se destilaban en el corazón, reaccionaban con el aire inhalado y, nalmente, llegaban hasta el cerebro.Cuando se requería movimiento, el cerebro funcionaba como una bomba hidráulica, que movía estos espíritus animales en los nervios huecos para su distribución, a todas las partes sensibles y móviles del cuerpo. Cuando fluían del cerebro al músculo, los espíritus creaban contracciones. Cuando fluían en sentido contrario, transmitían sensaciones.
Aparte de otras teorías cada vez más barrocas, este dogma permaneció prácticamente incontestado durante al menos los siguientes 1 300 años. Los avances teóricos en este campo no dependían de sondeos experimentales, sino de razonamientos losó cos. Por ejemplo, a mediados del siglo XVI, René Descartes —el progenitor del dualismo mente-cuerpo— conjeturó que, en lugar de «fuego-aire», la constitución de los espíritus animales era probablemente más parecida a un líquido, como el agua que impulsa la maquinaria. A los médicos no les fue mucho mejor. El fisiólogo y físico siciliano Alfonso Borelli propuso que, en lugar de ser acuosos, los espíritus animales estaban hechos en realidad de una «médula» alcalina altamente reactiva —en su jerga, Succus nerveus, o jugo nervioso— que se exprimía de los nervios con la menor perturbación. Cuando este jugo reaccionaba con la sangre del músculo, provocaba la ebullición del tejido circundante.

Todas estas interpretaciones tropezaban con el mismo problema: con la invención del microscopio a finales del siglo XVII, pronto quedó claro que los nervios no podían ser huecos. Eso significaba que no había lugar para que los espíritus animales o los jugos nerviosos fueran las sustancias que gobernaban nuestros miembros. Pero, aunque estos primeros microscopios eran lo bastante potentes para descartar los tubos, seguían siendo demasiado débiles para sondear la estructura nerviosa con mayor precisión. Esto dejaba sin respuesta una pregunta crucial: ¿cómo podía transportarse algo a través de un cuerpo sin la ayuda de tubos? Nuevas teorías se apresuraron a llenar esta incógnita.

La falta de pruebas abrió el debate a todos los interesados, desde los más creíbles hasta los más cuestionables. Isaac Newton sugirió que los mensajes del cerebro viajaban por los nervios mediante vibraciones, del mismo modo que vibran las cuerdas de una guitarra. En el otro extremo del espectro se situaban las conjeturas de un médico de balneario de Bath (los médicos que se instalaban en balnearios, entonces en pleno apogeo en Inglaterra, para recetar dietas muy estrictas de bebida y baño, a cambio, por supuesto, de una cuantiosa cantidad de dinero): David Kinneir afirmaba en un tratado de 1738 que, como los espíritus animales se transportaban en la sangre, tomar las aguas del balneario ayudaría a desatascar los vasos que los transportaban.

Cabe señalar que, antes del siglo XIX, la ciencia era mucho menos exigente con sus límites académicos. En aquella época no se exigía tanto a los estudiosos del mundo natural que se ciñeran a disciplinas rígidas, en gran medida porque estas aún no existían. Todo eso vendría después. De hecho, a los científicos ni siquiera se les llamaba científicos. Las personas que estudiaban el mundo natural se autodenominaban filósofos naturales o, a veces, filósofos experimentales. El arquetipo por excelencia era Alexander von Humboldt, que viajaba por el mundo estudiando todo lo que se le antojaba. Hombres como él y Galvani eran libres de investigar lo que les interesaba, podían ir (y lo hacían) de la estructura ósea a la anatomía comparada, pasando por la electricidad.

Sobre todo, las distinciones entre las ciencias físicas y las ciencias de la vida estaban muy mal definidas. La movilidad entre campos era la norma. Si tratamos de clasificar a las personas que estudiaban biología en el siglo XVIII, nos veremos obligados a incluir desde teólogos radicales hasta físicos. Sin embargo, una cosa estaba clara. Los médicos —encargados de dispensar remedios prácticos— no gozaban de un estatus elevado, debido a la creciente conciencia de la brecha existente entre sus aires científicos y su capacidad real para tratar a los enfermos.