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miércoles, 13 de mayo de 2026

Increíble: hace solo 6.000 años, el Sáhara era un paraíso verde lleno de vida

Si hoy cerraras los ojos y pensaras en el Sáhara, lo primero que te vendría a la mente sería un océano de arena dorada que se pierde en el horizonte bajo un sol implacable. Es la imagen que todos tenemos grabada: el desierto cálido más grande del planeta, un lugar donde la vida parece haberse rendido hace mucho tiempo. Pero lo que quizá no sabes es que esa imagen es solo una mala racha. Una fase. Un suspiro en la larga memoria de la Tierra.

Porque hubo un tiempo —y no me refiero a millones de años, sino a algo tan cercano como la invención de la escritura— en el que el Sáhara era un vergel imposible. Imagina por un momento que viajas en el tiempo hasta el norte de África de hace unos seis mil años. No encontrarías dunas, sino sabanas interminables salpicadas de acacias y baobabs. Escucharías el rumor de ríos caudalosos que no se secan nunca y te toparias con lagos tan enormes que podrías confundirlos con mares interiores. De hecho, hubo un lago, al que los científicos llaman Megachad, que llegó a tener el tamaño del actual Mar Caspio.

Y no estarías solo. A tu alrededor caminarían manadas de elefantes, jirafas estirando el cuello entre las ramas, hipopótamos refugiándose en las aguas dulces e incluso cocodrilos tomando el sol en las orillas. No es fantasía. Lo sabemos porque quienes vivieron allí lo dibujaron. En las paredes de roca de Tassili n'Ajjer, en Argelia, todavía hoy puedes ver pinturas rupestres de personas nadando, cazando con arcos y pastoreando ganado en un paisaje que hoy es puro desierto. Aquella gente no solo sobrevivía: prosperaba.

Entonces, ¿qué demonios ocurrió? ¿Cómo se convierte un paraíso en el lugar más hostil del planeta?

La respuesta no es una catástrofe repentina ni un castigo divino. Es mucho más sutil y, a la vez, más fascinante. Todo tiene que ver con un baile milenario que la Tierra lleva ejecutando desde que existe: los pequeños cambios en su órbita y en la inclinación de su eje. Imagina que nuestro planeta no gira siempre de la misma manera. Cada 21.000 años, su eje bambolea ligeramente, como una peonza que se va moviendo mientras da vueltas. Ese bamboleo, que parece insignificante, cambia cuánto sol recibe cada hemisferio en verano.

Hace entre 10.000 y 6.000 años, ese bamboleo hizo que el hemisferio norte recibiera un poco más de radiación solar durante los meses cálidos. Solo un cinco o un siete por ciento más. Pero ese pequeño empujón extra fue suficiente para calentar el aire del Sáhara con más fuerza de lo normal. Y el aire caliente, como sabes, sube. Al subir, crea una zona de baja presión que actúa como un imán para los vientos húmedos que vienen del Atlántico y del Golfo de Guinea. De repente, el monzón africano, ese que hoy apenas moja el Sahel, se adentró cientos de kilómetros tierra adentro y empezó a regar el desierto. Las lluvias de verano llenaron cada grieta, cada cauce seco. Y la vegetación, al ser más oscura que la arena, absorbió más calor, lo que reforzó el efecto y atrajo aún más lluvia. Fue un círculo virtuoso que convirtió el polvo en vida.

Pero lo que sube, baja. El bamboleo del eje siguió su curso. Hace unos 5.500 años, la insolación veraniega comenzó a disminuir. El monzón, como un río que retrocede, empezó a debilitarse y a desplazarse hacia el sur. Los lagos gigantes, sin suficiente agua nueva, comenzaron a evaporarse. El Megachad se fue encogiendo hasta fragmentarse en los lagos mucho más pequeños que hoy salpican la región (el actual lago Chad es un lastimoso recuerdo de aquella inmensidad). Las plantas murieron porque ya no llegaban las lluvias. Y al morir, dejaron al descubierto la arena, que al ser más clara reflejó más luz solar en lugar de absorber calor. Eso enfrió la superficie, debilitó aún más el monzón y aceleró la desertificación. El círculo virtuoso se convirtió en un círculo vicioso que, en apenas unos pocos siglos —un abrir y cerrar de ojos para el planeta—, barrió el paraíso.

Las poblaciones humanas, que habían disfrutado de lagos llenos de peces y caza abundante, se vieron forzadas a emigrar. Muchas se concentraron en el único gran río que sobrevivió a aquel colapso: el Nilo. Allí, junto a sus aguas, nació una de las civilizaciones más brillantes de la historia. En cierto modo, el antiguo Egipto es hijo del Sáhara que se secaba.

Y aquí viene lo más alucinante de todo esto. El Sáhara no es un desierto "para siempre". Es un desierto "de momento". Porque la Tierra no ha dejado de bailar. Dentro de unos diez o quince mil años, el bamboleo del eje volverá a apuntar el hemisferio norte hacia el Sol en verano. El monzón volverá a avanzar. Las lluvias regresarán. Y, lentamente, las dunas empezarán a teñirse de verde. Los valles secos volverán a ser ríos. Los lagos renacerán. Y si los seres humanos seguimos por aquí, podríamos ver cómo el mayor desierto cálido del planeta se convierte de nuevo en una sabana llena de vida.

Así que la próxima vez que veas una fotografía de esas dunas infinitas, recuerda que no estás viendo un paisaje eterno. Estás viendo una fotografía de un instante en un ciclo de 21.000 años. Bajo esa arena, duermen los fósiles de cocodrilos. En las rocas, esperan las pinturas de un mundo que fue verde. Y dentro de un tiempo, en algún lugar donde hoy solo hay silencio y arena, volverá a oírse el chapoteo de un hipopótamo entrando al agua.

La Tierra no tiene prisa, pero no olvida cómo ser un paraíso.

miércoles, 6 de mayo de 2026

Más allá del clima: la verdadera dimensión de la crisis planetaria

Reducir la crisis ambiental al cambio climático no es solo simplificar el problema: implica decidir qué temas reciben atención, financiamiento y regulación, y cuáles quedan fuera.

En el discurso público (medios, cumbres, documentos oficiales) la conversación gira casi siempre en torno a la temperatura global, las emisiones de dióxido de carbono y cómo reducirlas. Es un lenguaje conocido y políticamente manejable, pero insuficiente para describir lo que está en juego.

La humanidad no enfrenta únicamente una crisis climática. Lo que está ocurriendo es una crisis planetaria más amplia, con múltiples procesos de deterioro que avanzan al mismo tiempo y que ponen en riesgo las condiciones que han permitido el desarrollo de la civilización. Reconocer esta diferencia no es un detalle académico: define qué soluciones se plantean y cuáles ni siquiera se consideran.

Desde 2009, el marco de los Límites Planetarios ha ofrecido una forma de entender esta complejidad. Plantea que existen umbrales biofísicos dentro de los cuales el sistema Tierra se mantiene relativamente estable. Al rebasarlos, aumenta la posibilidad de cambios abruptos e irreversibles. La actualización más reciente señala que siete de esos límites ya han sido superados. El cambio climático es solo uno de ellos. También están la pérdida de biodiversidad, la alteración de los ciclos de nitrógeno y fósforo, el uso intensivo de agua dulce, la transformación del suelo, la acumulación de sustancias químicas nuevas —como plásticos y contaminantes sintéticos— y la acidificación de los océanos.

Cada uno de estos procesos tiene efectos propios sobre la producción de alimentos, el acceso al agua, la estabilidad de los ecosistemas y la salud humana. Ninguno se resuelve únicamente con la reducción de emisiones. Sin embargo, la mayor parte de la atención política y de los recursos se concentra en el clima, dejando sin respuesta efectiva los demás frentes.

A esto se suma una desigualdad evidente. La responsabilidad por la crisis no está distribuida de manera equitativa, ni tampoco sus impactos. Una minoría de la población mundial concentra gran parte del consumo y de las emisiones, mientras que los sectores más pobres —que aportan mucho menos al problema— son los primeros en resentir sus efectos y los que tienen menos capacidad para adaptarse. Ignorar esta asimetría implica reproducir la misma injusticia que se pretende resolver.

Muchas de las soluciones que hoy se promueven comparten un rasgo: ofrecen una apariencia de cambio sin alterar las causas de fondo. Instrumentos como los mercados de carbono, los biocombustibles o la captura de carbono operan dentro de la misma lógica que ha impulsado la degradación ambiental. La paradoja de Jevons lo muestra con claridad: mejorar la eficiencia en el uso de un recurso no reduce necesariamente su consumo total, porque al abaratarse su uso, se expande la demanda. Más eficiencia dentro del mismo sistema no resuelve el problema del volumen.

Algo similar ocurre con los pagos por servicios ambientales. Aunque generan incentivos para conservar en ciertos casos, no logran captar la complejidad de los procesos ecológicos ni modificar la dinámica de expansión que presiona a los ecosistemas. Un mismo actor puede conservar en un sitio mientras degrada en otro. La conservación aislada no cambia la lógica general.

En el fondo, el debate no es técnico sino político. Se trata de decidir si las soluciones cuestionan el modelo económico que origina la crisis o si solo lo adaptan sin transformarlo. Un sistema que depende del crecimiento continuo entra en conflicto con los límites físicos de un planeta finito. Esa tensión no desaparece con ajustes tecnológicos ni con mecanismos de mercado.

Existen propuestas que intentan actuar a ese nivel. El decrecimiento planificado plantea reducir de forma deliberada el uso de materiales y energía en los sectores que más presionan al planeta, sin traducirse en un empobrecimiento generalizado. La transición justa busca que los costos del cambio no recaigan en quienes menos capacidad tienen para asumirlos. La democracia económica propone abrir la discusión sobre qué se produce, para quién y con qué impactos, más allá de las decisiones del mercado.

Ninguna de estas propuestas es sencilla. Pero comparten algo que muchas soluciones dominantes no tienen: apuntan a las causas y no solo a los síntomas. Reconocer esa diferencia es el punto de partida para pensar respuestas acordes con la magnitud del problema.

miércoles, 1 de octubre de 2025

Facultad de Ciencias publican en Science estudio sobre recuperación natural de bosques tropicales

Enviado por

Diego Hidalgo Manzanares 

Con resultados que señalan la importancia local y mundial de los bosques secundarios y su rápida recuperación, y que posiciona a la regeneración natural como una solución de bajo costo para alcanzar las metas de desarrollo sustentable y combate al cambio climático de la Organización de las Naciones Unidas (ONU), científicos de la Facultad de Ciencias (FC) publicaron un estudio internacional en la prestigiosa revista Science.

Multidimensional tropical forest recovery es el artículo publicado este 10 de diciembre, liderado por el Profesor Lourens Poorter y en el que participan los investigadores Jorge Arturo Meave del Castillo, Eduardo Alberto Pérez García y el egresado de la FC, Rodrigo Muñoz Avilés, quien realiza actualmente estudios de doctorado en la Universidad de Wageningen, Países Bajos. En el estudio también colaboraron investigadores del Instituto de Investigaciones en Ecosistemas y Sustentabilidad (IIES-UNAM).

Se trata de un estudio con información recabada a lo largo de más de 20 años, obtenida en 28 países, 77 paisajes y más de 2 mil 200 parcelas de bosque tropical distribuidas en América Latina y África Occidental, en el que colaboran 89 investigadores de diversas partes del mundo. De América Latina se tiene información de Brasil, Bolivia, Colombia, Costa Rica, Panamá, Puerto Rico, México y Venezuela, mientras que de África la información proviene principalmente de Ghana y de Costa de Marfil. Además de los investigadores de la UNAM, en México participaron científicos de El Colegio de la Frontera Sur (Ecosur), el Centro de Investigación Científica de Yucatán (CICY) y el Centro de Cambio Global y Sustentabilidad (CCGS).

La investigación es un producto de la red de colaboración para la investigación sobre bosques secundarios 2ndFOR —www.2ndFOR.org—, que reúne a más de 100 investigadores de 18 países y se enfoca en la ecología, dinámica y biodiversidad de los bosques secundarios, así como en los servicios ecosistémicos que brindan en paisajes tropicales con modificación humana. La red es coordinada por científicos de la Universidad de Wageningen, Países Bajos.

En entrevista, Jorge Meave explicó que uno de los objetivos centrales del estudio fue entender la recuperación de diferentes atributos del bosque de manera integral. Uno de los resultados más importantes fue determinar tres que pueden funcionar como indicadores de la recuperación del conjunto total de las características del bosque: el tamaño máximo de los árboles, la variabilidad estructural del bosque y la riqueza de especies de árboles. Estos tres indicadores son relativamente fáciles de medir y se pueden usar para el monitoreo de la restauración del bosque.



Inicios y objetivos del estudio
La red internacional 2ndFOR se ha ido consolidando sobre la base de un interés común por estudiar la recuperación de los bosques tropicales.

“Los bosques tropicales están desapareciendo muy rápido. A pesar de que ha habido muchos intentos a nivel nacional e internacional de detener la deforestación, esto no se ha logrado porque la población sigue creciendo, hay demandas de producción de alimentos, utilización de áreas para fines urbanos, turísticos e industriales, y por muchas razones más. La superficie ocupada por los bosques tropicales originales o nativos, también llamados bosques maduros, sigue reduciéndose y esto es una causa de alarma muy grande”, afirmó Jorge Meave.

En los lugares donde se abandonan terrenos que se utilizaban para la producción agrícola o ganadera se lleva a cabo un proceso natural de recuperación de la vegetación. “Este fue el motivo de la investigación, nos interesaba saber qué tan rápido se daba la recuperación y si todas las características del bosque se recuperan o no. Identificamos además la necesidad de hacer el estudio porque nos dimos cuenta de que la mayor parte de los análisis se han enfocado en una o en un par de propiedades del bosque y que no había un esfuerzo por hacer una evaluación integral y simultánea de muchas propiedades, Además, y esto es lo más importante, necesitábamos identificar algunas características que se pudieran usar como indicadores del éxito de la recuperación”, aseguró el investigador.

Complejidad de los sistemas tropicales
Eduardo Pérez explicó que, en la ciencia en general, son los países del norte, tanto los europeos como Estados Unidos y Canadá, quienes han llevado la vanguardia en la investigación científica y el caso de la investigación ecológica no es la excepción.

Por ello, los primeros sistemas ecológicos que se han estudiado en el aspecto de su recuperación son los templados o boreales, que suelen ser mucho más simples en términos biológicos porque están formados por muy pocas especies y son más o menos homogéneos.

“En Canadá puedes recorrer cientos de kilómetros y seguir viendo el mismo tipo de bosque, y sus procesos de regeneración son relativamente sencillos y similares. Pero los sistemas tropicales son más complejos, tienen muchas más especies, una estructura vertical más intricada, con muchas formas de vida y una amplia variación en sus atributos funcionales, lo que hace que las diferentes especies respondan diferencialmente a las principales limitantes del mundo tropical: la variación en la calidad del suelo y de la disponibilidad del agua”, expresó Eduardo Alberto Pérez.

Esta gran complejidad de los sistemas tropicales implica tener mucha información para poder establecer patrones generales, porque sistema sitio tropical suele ser muy diferente a otro. De ahí la necesidad de hacer redes de investigación con quienes estudian el tema en todo el mundo.

“Uno de los principales retos fue tratar de uniformizar las bases de datos porque cada grupo de trabajo tiene información de acuerdo con sus propios objetivos y no teníamos un mismo diseño experimental inicial. Poder tener ese lenguaje común implica tener números que sean analizables en los mismos términos. Eso ha sido parte del desafío, integrar la información, no sólo a las personas.


Bosques tropicales secundarios
Los bosques secundarios se desarrollan de forma natural después de que fuera removida casi en su totalidad la cubierta forestal de una región para el uso antrópico del suelo. A pesar de que los bosques tropicales están desapareciendo a una velocidad alarmante debido a la deforestación, tienen el potencial de volver a crecer de forma natural en terrenos abandonados; usualmente para agricultura de roza, tumba y quema, cultivos convencionales y campos ganaderos.

Actualmente, más de la mitad de los bosques tropicales de todo el mundo no son bosques maduros sino bosques que se están regenerando de forma natural, de los cuales una gran parte son bosques secundarios. En las regiones tropicales de América Latina los bosques secundarios cubren hasta un 28 por ciento de la superficie terrestre.


Principales resultados
El equipo internacional de ecólogos tropicales analizó la recuperación de 12 atributos de los bosques durante la regeneración natural y cómo la recuperación de cada atributo está relacionada con la de los otros. En el análisis se consideraron cuatro grupos de variables: propiedades del suelo, atributos de la diversidad el bosque, características de la función y la estructura del bosque.

Si bien sus resultados muestran la sorprendente rapidez con la que se recuperan algunos atributos —lo que en el corto plazo se traduce en grandes beneficios derivados de la restauración natural de los bosques tropicales—, la velocidad de recuperación difiere mucho entre los diferentes atributos del bosque: la fertilidad del suelo y el funcionamiento de las plantas muestran las tasas más rápidas de recuperación, ya que alcanzan valores equivalentes a 90 por ciento de los del bosque maduro (menos de 10 años y menos de 25 años, respectivamente); la velocidad de recuperación es intermedia para la estructura del bosque y la diversidad de especies (25-60 años) y mucho más lenta para la biomasa aérea y la composición de especies (más de 120 años).

“Hay valores que prácticamente desde el principio del proceso de recuperación están en el 90 por ciento del valor del bosque maduro, pero hay otros que para llegar a este 90 por ciento tiene que pasar más de un siglo, como por ejemplo la biomasa contenida en el bosque y su composición de especies, que tardan mucho en recuperarse, así como el número de especies fijadoras de nitrógeno. Estos resultados indican que no todos los atributos del bosque se recuperan igual de rápido”, explicó Jorge Meave.

Para el investigador, justamente este es uno de los resultados más importantes. Es decir, el determinar que si bien la recuperación es rápida, no lo es para todas las características del bosque. “El otro resultado importante tiene que ver con el análisis de redes, en el que tratamos de ver cómo se relaciona la recuperación de los distintos atributos. A través de este análisis pudimos identificar tres atributos que son los más importantes para representar la recuperación integral: uno es la riqueza de especies, el otro el tamaño máximo de los árboles y el tercero es la heterogeneidad estructural del bosque”.

Para el científico, estos tres atributos ofrecen una buena medida de qué tan bien o mal se está recuperando el bosque en una región, lo que puede ser muy importante para indicar en qué casos sería necesario asistir a los bosques en su recuperación (recuperación asistida) o dejarlos en su proceso natural.

“Las decisiones de si necesitamos invertir o no para darle un empujón a un bosque que se está recuperando las podemos basar en estas medidas que son las que mejor se correlacionan con otras. Este es un mensaje importante para las personas que se dedican al manejo y gestión de los bosques, o a las organizaciones gubernamentales de todos los países encargadas de estos procesos, ya que esto les permite saber en dónde deben centrar sus esfuerzos. Ahora se cuenta con un instrumento de diagnóstico que hace innecesario medir numerosas características de los bosques en desarrollo —lo que puede ser muy costoso—, pues podemos basarnos en estos tres atributos para tener buenos resultados”, expresó.


Buenas y malas noticias
Para el investigador Eduardo Pérez se debe tomar en cuenta que hay buenas noticias, pero también malas. “Hay buenas noticias en el sentido de que algunas propiedades que pensábamos que podían ser extremadamente frágiles, como la fertilidad del suelo, resulta que se recuperan relativamente rápido. Pero hay otras que tardan más de 120 años en recuperarse; aunque este tiempo puede parecer relativamente corto, esto significa que en varias generaciones no vamos a ver cómo la composición de especies y la biomasa se recuperan completamente”, explicó. Por ello, enfatizó en que los resultados arrojados por este estudio no son un llamado a olvidarse de los boques maduros, que son los que requieren el cuidado máximo, pero sí para entender mejor a los bosques secundarios que están presentes en todos lados.

La estimación precisa de la cobertura de bosque secundario en las regiones tropicales enfrenta muchas dificultades. Aun así, en América Latina se estima que 30 por ciento de la superficie forestal ya está cubierta por bosques secundarios. “La gran mayoría de bosque que hay en México es bosque secundario, queda muy poco primario. No podemos dejar de enfatizar la necesidad de mantener estos reductos que quedan y que ya son muy pocos, pues entre otras cosas, son las únicas fuentes de especies que harán posible el enriquecimiento paulatino de los bosques en desarrollo. A lo que estamos apostando es que la vegetación secundaria pueda irse desarrollando para acercarse a las características del bosque primario”, expresa Jorge Meave.

Para ambos investigadores, por la magnitud de su extensión y por su importancia, el estudio de los bosques secundarios es en donde la ecología del siglo XXI va a tener que centrarse. Los nuevos estudiantes, biólogos y ecólogos, tienen que voltear a ver estos sistemas desde una mirada multidisciplinaria para poderlos entender y conocerlos mejor; una de las razones es que su recuperación es una de las posibles soluciones para enfrentar el cambio climático.

Enlace al artículo: science.org/doi/10.1126/science.abh3629

miércoles, 10 de septiembre de 2025

El mar y la sostenibilidad alimentaria

El ruido constante de las olas esconde un secreto antiguo y urgente: cada plato en nuestra mesa nace del delicado equilibrio entre la generosidad de la naturaleza y la creciente presión de nuestras necesidades. A medida que las ciudades se extienden y la población crece, tierra y mar enfrentan un desafío silencioso pero implacable: cómo alimentar a todos sin agotar el legado que nos fue confiado. Por un lado, la demanda de bienes esenciales, como el alimento, no deja de aumentar; por el otro, la urgencia de preservar la biodiversidad y los servicios ecosistémicos de los que dependemos es inaplazable.

Afortunadamente, existe un consenso global sobre la necesidad de atender las demandas actuales sin hipotecar las de las generaciones futuras. Este principio, que forma la esencia del desarrollo sostenible (Hajian y Kashani, 2021), impulsa, aunque con lentitud, la transformación de los sistemas alimentarios a todos los niveles. La sostenibilidad en la alimentación ha dejado de ser una opción para convertirse en la única forma de mantener la balanza en equilibrio.

Desafíos y barreras en la sostenibilidad
Al mirar hacia el futuro, la demanda mundial de alimentos para una población que podría llegar a 9,800 millones en 2050 (Fondo de Población de las Naciones Unidas, 2023) presenta poco margen de maniobra. Como ocurre con cualquier problema complejo, aquí las variables son muchas y las soluciones deben explorar todas las posibilidades y escenarios. Afortunadamente, la colaboración entre la academia y la sociedad genera conocimiento constante. Se desarrollan y ajustan estrategias para optimizar la producción, transformación, distribución, venta, consumo y reducción de desperdicios, tanto a nivel nacional (Gaceta unam, 2023) como global (fao, 2022b).

La mayoría de los estudios se enfocan en las fuentes de alimento terrestres, reconociendo el papel clave de sistemas agropecuarios que producen cereales, frutas, verduras y alimentos de origen animal (Wang, 2022). Sin embargo, frente a amenazas como la crisis climática y la escasez de agua, y a pesar de avances tecnológicos y reformas políticas, el potencial para aumentar la producción en tierra es limitado. En contraste, los ecosistemas oceánicos ofrecen una capacidad mayor para crecer de manera sostenible (Costello et al., 2020).

México entre mares: la relevancia de la pesca artesanal
Los océanos cubren más del 70% de la superficie terrestre, y se estima que aportan el 17% de la alimentación global (fao, 2022b). Pero, a diferencia de la agricultura o ganadería, en el mar no podemos aumentar la productividad simplemente añadiendo insumos o cambiando prácticas; dependemos primero de la productividad natural y, después, de cómo capturamos. Por eso, la gestión responsable de los recursos marinos, basada en datos confiables, es indispensable. Esto implica conservar hábitats, proteger poblaciones silvestres, recuperar ecosistemas degradados y respetar vedas, tallas mínimas y tiempos de recuperación de las especies.

Según la fao (2019), cerca de 40 millones de personas se dedican a la pesca a nivel mundial, la mayoría en países en desarrollo, que representan el 75% del sector pesquero global. En México, más de 300 mil familias dependen directamente de esta actividad, y más de dos millones participan indirectamente en actividades relacionadas con la pesca (Salas et al., 2023), incluyendo hasta 10 personas por cada pescador o pescadora.

Con más de 15 mil kilómetros de costa y una plataforma continental de más de 400 mil km², México es el décimo tercer productor mundial, con alrededor de 1.73 millones de toneladas anuales de productos marinos. De sus casi 76 mil embarcaciones, el 97% son artesanales y aportan el 54% de la producción nacional (conapesca, 2024).

La pesca artesanal destaca por su mayor potencial para avanzar hacia la sostenibilidad. No solo por prácticas menos agresivas con las poblaciones silvestres, sino también por los beneficios sociales y económicos que genera (Cottrell et al., 2019). La fao subraya que cerca del 40% de quienes trabajan en pesca artesanal son mujeres, y que estos sistemas promueven inclusión social, seguridad alimentaria, empleo, ingresos y desarrollo integral, siendo la columna vertebral de las economías costeras (fao, 2022a).

Un océano de oportunidades y soluciones
Entre los obstáculos para la sostenibilidad pesquera están la degradación ambiental, la sobrepesca, la pesca ilegal, la introducción de especies exóticas, la falta de regulación y el bajo valor de los productos (Costello et al., 2020). Para superar estos retos, es vital generar, recopilar y aplicar información sobre las poblaciones, ecosistemas e impactos. También es crucial contar con criterios robustos para guiar prácticas de pesca y consumo responsables.

Otra herramienta importante es el etiquetado que asegura la trazabilidad de productos pesqueros diferenciados. Certificaciones como la Certified Sustainable Seafood de Inglaterra juegan un papel clave al identificar y promover productos de pesca responsable.

Esto beneficia directamente a los pescadores sostenibles, que pueden distinguir sus productos y obtener mejores precios, y empodera a consumidores conscientes, al brindarles información para elegir responsablemente y contribuir a la conservación.

En México, cerca del 25% del volumen pesquero, es decir, unas 430 mil toneladas, están certificadas bajo los estándares del Marine Stewardship Council (msc) (Secretaría de Agricultura y Desarrollo Rural, 2018).

El msc establece criterios e indicadores para medir la sostenibilidad. La pesca de langosta mexicana fue la primera en América Latina en obtener esta certificación. La Cooperativa Pesquera Vigía Chico, en Quintana Roo, por ejemplo, respeta vedas y tallas mínimas, favoreciendo la reproducción y fortaleciendo poblaciones y ecosistemas marinos.

Actualmente, otros productos como el atún, el camarón del Pacífico y el pulpo de Yucatán están bajo evaluación para esta certificación, un paso importante hacia una pesca más sostenible en México.

El rumbo hacia la pesca responsable
Aunque casi un tercio de las pesquerías mundiales están sobreexplotadas, agotadas o en recuperación, contamos con el reconocimiento y la voluntad necesarios para reaccionar. La ruta es clara: respetar los límites de la naturaleza, cuidar los ecosistemas y las poblaciones acuáticas, fortalecer la gobernanza y garantizar la participación de quienes dependen de la pesca en las decisiones sobre su sustento.

Es urgente valorar y priorizar los sistemas productivos comprometidos con la sostenibilidad, como la pesca artesanal. En la unam, programas y líneas de investigación abordan estos sistemas, mientras que gobiernos y organizaciones deben fortalecer la gobernanza y crear esquemas que garanticen su viabilidad. Los consumidores también tienen un rol clave: informarse, apoyar certificaciones responsables y elegir opciones de consumo que respeten lo económico, social y ambiental. Así, la balanza entre desarrollo y naturaleza puede mantenerse firme para las generaciones que vienen.

jueves, 28 de noviembre de 2024

Descubren que algunas flores comenzaron a fertilizarse a sí mismas ante la falta de abejas que las polinicen

Enviado por

PAULINA BRAVO CIRILO

Un nuevo estudio revela que a medida que disminuye el número de abejas y otros polinizadores, los pensamientos silvestres se adaptan fertilizando sus propias semillas.

Cada primavera, billones de flores se reproducen con la ayuda de las abejas y otros animales. Atraen a los polinizadores hacia sus flores con colores llamativos y néctar. A medida que los animales viajan de flor en flor, se llevan consigo el polen, que puede fertilizar las semillas de otras plantas.

Un nuevo estudio da a entender que los humanos están alterando rápidamente este rito anual de la primavera. Dado que los pesticidas tóxicos y la desaparición de hábitats han reducido las poblaciones de las abejas y otros polinizadores, algunas flores han evolucionado para fertilizar más a menudo sus propias semillas, en lugar de las de otras plantas.

Los científicos se muestran sorprendidos por la rapidez de los cambios, producidos en solo 20 generaciones. “Eso es una evolución rápida”, dijo Pierre-Olivier Cheptou, ecólogo evolutivo de la Universidad de Montpellier en Francia, quien dirigió la investigación.

Cheptou se inspiró a llevar a cabo el estudio cuando le quedó claro que las abejas y otros polinizadores estaban sufriendo un drástico declive. Se preguntó si las flores que dependen de los polinizadores para el sexo podrían encontrar otra forma de reproducirse.
El calentamiento global podría estar reduciendo la ventana de tiempo, antes de que las flores se marchiten, en la que pueden ofrecer néctar a los polinizadores

El estudio se centró en una planta herbácea llamada pensamiento silvestre, cuyas flores blancas, amarillas y moradas son comunes en los campos y a las orillas de las carreteras en toda Europa.

Los pensamientos silvestres suelen utilizar a los abejorros para reproducirse sexualmente. Pero también pueden utilizar su propio polen para fertilizar sus semillas, un proceso llamado autofecundación.

La autofecundación es más conveniente que el sexo, ya que una flor no tiene que esperar a que llegue una abeja. Pero una flor autofecundada solo puede usar sus propios genes para producir nuevas semillas. La reproducción sexual permite que las flores mezclen su ADN, creando nuevas combinaciones que pueden hacer que estén mejor preparadas para enfermedades, sequías y otros retos que las futuras generaciones podrían enfrentar.

Para rastrear la evolución de los pensamientos silvestres en las últimas décadas, Cheptou y sus colegas aprovecharon una colección de semillas recolectadas por los conservatorios botánicos nacionales de Francia en la década de 1990 y principios de la década de 2000.

Los investigadores compararon estas flores antiguas con las nuevas de toda la campiña francesa. Después de cultivar las semillas nuevas y antiguas una al lado de la otra en el laboratorio bajo condiciones idénticas, descubrieron que la autofecundación había aumentado un 27 por ciento desde la década de 1990.

Los investigadores también compararon la anatomía de las plantas. Aunque el tamaño de los nuevos pensamientos silvestres no había cambiado, sus flores se habían reducido en un 10 por ciento y producían un 20 por ciento menos de néctar.

Los investigadores sospechaban que estos cambios habían hecho que los nuevos pensamientos silvestres fueran menos atractivos para los abejorros. Para probar esa idea, colocaron colmenas de abejorros dentro de recintos que contenían pensamientos silvestres antiguos y nuevos. Efectivamente, las abejas fueron a visitar más a las plantas antiguas que a las nuevas.

A medida que las poblaciones de abejorros han disminuido, dijo Cheptou, el costo de producir néctar y flores grandes y atractivas pudo haberse convertido en una carga para las flores. En lugar de invertir energía en atraer polinizadores, especuló, los pensamientos silvestres están teniendo más éxito en dirigirla a su crecimiento y a resistir enfermedades.

Los investigadores sospechan que muchas otras flores enfrentan el mismo reto para su sobrevivencia, y que también pueden estar evolucionando en la misma dirección. “No hay razón para pensar que otras plantas no han evolucionado”, dijo Cheptou. Si eso es cierto, las plantas pueden estar empeorando una mala situación para los insectos polinizadores. Muchos polinizadores dependen del néctar como alimento; si las plantas producen menos, los insectos pasarán hambre.

Los polinizadores y las flores pueden estar atrapados en un círculo vicioso. La disminución del néctar reducirá aún más las poblaciones de insectos, haciendo que la reproducción sexual sea incluso menos provechosa para las plantas. El círculo vicioso no será malo solo para los insectos, advirtió Cheptou. Si algunas plantas eventualmente deciden renunciar por completo la reproducción sexual, es poco probable que vayan a poder recuperar esa capacidad.

A largo plazo, las limitaciones genéticas de la autofecundación podrían poner a las plantas en riesgo de extinción. “No van a poder adaptarse, por lo que su extinción se vuelve más probable”, dijo Cheptou. Los resultados fueron “impresionantes, aunque desalentadores”, dijo Susan Mazer, botánica de la Universidad de California, Santa Bárbara, quien no participó en la investigación.

Mazer dijo que el círculo vicioso podría ser incluso peor de lo que da a muestra la investigación de Cheptou. Junto con la disminución de polinizadores, las plantas con flores están enfrentando otros desafíos que podrían estar llevándolas a abandonar la reproducción sexual.

El calentamiento global, por ejemplo, está acelerando el crecimiento de las flores. Podría estar reduciendo la ventana de tiempo, antes de que las flores se marchiten, en la que pueden ofrecer néctar a los polinizadores. Pero Sasha Bishop, bióloga evolutiva de la Universidad de Michigan que no participó en el estudio, dijo que algunas flores podrían responder al declive de los polinizadores de la manera opuesta.

En un estudio sobre las campanillas moradas en el sur de Estados Unidos, ella y sus colegas descubrieron que entre 2003 y 2012, las flores se hicieron más grandes, no más pequeñas. Los científicos ven ese cambio como una estrategia para seguir atrayendo abejas a medida que se vuelven menos comunes. “Podrían invertir en autofecundación, o podrían invertir en atraer polinizadores”, dijo Bishop. “Ambos escenarios son perfectamente razonables”.

lunes, 18 de noviembre de 2024

¿Cómo la desaparición de un calamar de la costa mexicana llevó a la huida de cientos de ballenas?

Enviado por

PAULINA BRAVO CIRILO

Entre 2009 y 2018, un grupo de investigadores estuvo realizando un seguimiento de la población de ballenas en el golfo de California, en México. Los primeros siete años transcurrieron con normalidad, pero todo cambió en 2015: las ballenas comenzaron a desaparecer.

La desaparición de las ballenas. Ahora, el equipo responsable de realizar el seguimiento, ha publicado un estudio analizando la extraña desaparición, casi repentina, de la población de cachalotes (Physeter macrocephalus) del golfo de California. En su estudio, señalan como causa probable otra ausencia de las aguas del mar, la de otro coloso: el calamar de Humboldt (Dosidicus gigas).

Según explica el equipo responsable del estudio, la población de cachalotes en el golfo durante el periodo entre 2009 y 2015 solía oscilar entre los 20 y los 167 ejemplares, con una población total de 354 individuos. Sin embargo la situación cambió drásticamente, y entre 2016 y 2018 dejaron de avistarse estas ballenas en el área.

Sin comida no hay ballenas. El motivo de la migración de los cetáceos estaría en la desaparición del calamar de Humboldt, una de las principales fuentes de alimentación de estas ballenas. La desaparición de su alimento habría obligado a estos mamíferos marinos a abandonar el golfo en la costa norteamericana.

Desapariciones encadenadas. ¿Y por qué desaparecieron los calamares? Según el equipo responsable del estudio, el detonante de este primer adiós estuvo en cambios medioambientales, como el progresivo calentamiento del océano y el fenómeno de El Niño.

Los cambios en la población del calamar de Humboldt se habían manifestado de distintas formas, no solo con la reducción en el número de ejemplares sino con un cambio hacia fenotipos más pequeños. Esto a su vez habría implicado más dificultades a la hora de servir de fuente alimentaria a las ballenas.

Los detalles del estudio realizado por el equipo fueron publicados recientemente en un artículo en la revista Peer J.

Una mala señal. El rol de los cachalotes en la cúspide de la pirámide trófica implica, señala el equipo, que estos desempeñan un papel clave en el flujo energético en los ecosistemas marítimos. Es por ello que su desaparición pueda ser simplemente la punta del iceberg de un cambio más profundo pero menos perceptible.

“La salida de los cachalotes del golfo de California sirve como una señal de centinela, reflejando cambios significativos en los ecosistemas marinos. Conforme cambia el ambiente, así lo hace el delicado balance entre depredadores y presas”, señala en una nota de prensa Héctor Pérez-Puig, coautor del estudio.

Trabajo por realizar. En su artículo, el equipo señala que, pese a que el estudio pueda alertarnos sobre el problema, más trabajo es necesario para desentrañar los detalles de los cambios en los ecosistemas submarinos. Señalan, por ejemplo, la utilidad de estudios que pongan el foco en los movimientos individuales de estos cetáceos.

Una mejor comprensión de las dinámicas poblacionales de especies como el calamar de Humboldt podrían ayudarnos a evaluar mejor la magnitud del problema, tanto en el presente como en un futuro próximo.

sábado, 19 de octubre de 2024

Amenaza pez león biodiversidad de santuario costero

La proliferación del pez león en aguas de la Península de Yucatán va en aumento con la detección de esta especie invasiva en el recién decretado Parque Nacional Bajos del Norte, advirtió el responsable de la oficina de la Comisión Nacional de Acuacultura y Pesca (Conapesca), Pastor Contreras Avilés.

“Es raro ver al pez león en la costa, principalmente está en los parques nacionales Arrecife Alacranes y Bajos del Norte. Continúan los estudios relacionados con esta especie exótica que afecta el Golfo de México, sólo que están a cargo del Instituto Nacional de Pesca y Acuacultura (Inapesca). El brazo de investigación que existe en la Conapesca es Inapesca, sin embargo, el Parque Nacional Bajos del Norte, está a cargo de la Comisión Nacional de Áreas Naturales Protegidas (Conanp)”, explicó.

Pastor Contreras dijo que, de acuerdo con los pescadores, los avistamientos se registran en las partes profundas y en las zonas arrecifales en comparación con la zona costera y que, hasta el momento, siguen las investigaciones relacionadas con esta especie, pero desconoce el respetivo avance.

Como se recordará, el Parque Nacional Bajos del Norte fue decretado como tal el pasado 8 de enero y forma parte de las 44 Áreas Naturales Protegidas (ANP). Se ubica en el Golfo de México, a 240 kilómetros de Progreso, en el cual habitan 679 especies que incluyen peces, corales, reptiles, esponjas, moluscos, tortugas marinas, y crustáceos, entre otras.
Datos del Centro de Investigación y de Estudios Avanzados (Cinvestav) revelan que desde la década de los ochenta, las poblaciones de pez león (como se les conoce a Pterois volitans y Pterois miles) se han expandido del Golfo de México hacia diversas regiones, representando una amenaza ambiental para los ecosistemas marinos.

A partir del año 2009 se presentaron los primeros reportes de pez león (Pterois volitans) en aguas mexicanas, y es en ese mismo año cuando iniciaron los esfuerzos por parte de la Conanp para su monitoreo y control como especie exótica.

Los ejemplares juveniles de pez león tienen una gran capacidad para desplazarse junto con las corrientes marinas, lo que les ha permitido llegar de las zonas del Caribe a las aguas del Golfo de México en muy corto tiempo.

A principios de 2010, en el Arrecife Alacranes se realizaron los primeros monitoreos dirigidos específicamente a determinar la presencia de dicha especie en el parque, con el apoyo de universidades locales y las cooperativas de pescadores de langosta. A mediados de ese mismo año, se implementaron las primeras medidas de control.

Durante 2011 y 2012, se desarrollaron programas de empleo temporal para la captura del pez león, con la contratación de 40 pescadores de la zona por año, a los cuales se les proporcionó el equipo necesario.

Como resultado de estas actividades se controló la presencia de esta especie en una superficie de 6 mil hectáreas de zona protegida, recolectando 600 kg de peces, en lo va del programa.

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