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sábado, 18 de abril de 2026

El ingenio de los pájaros

"El ingenio de los pájaros" (originalmente The Genius of Birds) es un aclamado libro de divulgación científica escrito por la autora estadounidense Jennifer Ackerman.

Publicada originalmente en 2016 y traducida al español por la editorial Ariel en 2017, la obra explora los revolucionarios descubrimientos sobre la inteligencia de las aves.

Ackerman viaja por el mundo para documentar comportamientos que desafían la antigua idea de que los pájaros tienen un "cerebro hueco":

Destaca especies como el cuervo de Nueva Caledonia, capaz de fabricar y mejorar sus propias herramientas para obtener alimento. Examina cómo algunas aves viven en sociedades complejas, reconocen rostros humanos y engañan a sus depredadores fingiendo estar heridas para proteger sus nidos. Describe la asombrosa capacidad de orientación de las palomas mensajeras y la memoria de especies que recuerdan dónde y qué tipo de comida escondieron hace meses. Menciona aves artistas que decoran sus nidos con objetos clasificados por color (especialmente el azul) para atraer parejas, creando verdaderas "galerías de arte".

Durante siglos, hemos usado la expresión "cerebro de pájaro" como un insulto. Pero, ¿y si te dijera que algunas aves tienen capacidades cognitivas que rivalizan con las de los primates? En su fascinante libro "El ingenio de los pájaros", Jennifer Ackerman nos invita a asomarnos al cielo para descubrir una inteligencia asombrosa que ha estado ocurriendo justo sobre nuestras cabezas.

El fascinante mundo del "genio alado"
Ackerman nos lleva de viaje por todo el mundo para presentarnos a los verdaderos genios de la naturaleza:Los Cuervos de Nueva Caledonia: Ingenieros que fabrican sus propias herramientas con ramas y hojas.
Los Carboneros: Maestros del Big Data natural, capaces de recordar miles de escondites de comida con una precisión matemática.
Los Pájaros de Enramada: Artistas que diseñan "galerías de arte" para seducir, ordenando objetos por colores y formas.

El libro no es solo una lista de curiosidades; es una exploración de cómo la evolución ha creado formas de inteligencia radicalmente distintas a la humana, pero igualmente complejas. Desde la navegación estelar hasta el chisme social en las bandadas, Ackerman demuestra que el ingenio no depende del tamaño del cerebro, sino de cómo está conectado.

Si te gusta la naturaleza, la psicología o simplemente quieres ver el mundo con otros ojos, esta obra es una joya. Es divulgación científica escrita con la fluidez de una novela. Al terminarlo, nunca volverás a mirar a un gorrión de la misma manera.

Sobre la autora: Jennifer Ackerman 
Jennifer Ackerman es una de las divulgadoras científicas más respetadas de la actualidad. Con una carrera de más de 30 años, se ha especializado en traducir temas complejos de biología y ornitología en historias apasionantes para el gran público.

Ha sido colaboradora habitual de medios prestigiosos como National Geographic, The New York Times y Scientific American. Su trabajo se caracteriza por una investigación de campo profunda, no solo lee estudios, sino que acompaña a los científicos a selvas y desiertos para observar a los sujetos de sus libros.


Gracias a su estilo narrativo y rigurosidad, "El ingenio de los pájaros" se convirtió en un bestseller del New York Times y ha sido traducido a más de 20 idiomas, consolidándola como la voz definitiva para quienes desean entender el alma y la mente de las aves.


viernes, 1 de agosto de 2025

Contacto- Carl Sagan 1985

Contacto es una novela —la única– escrita por Carl Sagan y publicada en el año 1985. 

De qué trata
Ellie es una niña estimulada por su padre al conocimiento. Enamorada de la ciencia y radioaficionada, la conocemos ya de mayor trabajando en un departamento SETI (Searching Extraterrestrial Intelligence) dedicado a la búsqueda de inteligencia extraterrestre. El libro está ambientado —y publicado— en los ochenta.

Ellie vive con el recuerdo de su padre. Lo tiene muy presente. Su madre ha rehecho su vida con un antiguo novio causando una ruptura con Ellie, que vive una vida aislada en su mundo científico. Sin contacto.

Un día, registra una señal. Procede de la estrella Vega. No es un rebote de una señal terrestre ni nada que se pueda explicar por patrones terrícolas. La señal emite la secuencia de números primos, lo cual avala que sea una señal procedente de una inteligencia. Los números primos no siguen un patrón de frecuencia estable, sino una premisa matemática.

Indagan y descubren que esa señal lleva mensaje atrás. Y todo el planeta se pone a trabajar en el estudio e implicaciones de ese contacto.

En el trascurso, Ellie se va a enamorar. Vamos a ver esa historia de amor, sus altibajos, etc. Sin embargo se nota que no es una preocupación grande del autor, a no ser, que quiera cimentar sobre este detalle su gran metáfora: Ellie no está en contacto con los seres que la rodean, absorta en el contacto con esos otros seres que pueblan sus desvelos. La alegoría de la gente que pone el trabajo y la realización por delante de su propia felicidad.

También hay una relación de amistad con Vaygay. Un científico soviético. Será una forma de reflejar la realidad política del mundo en los años 80′, partido en dos bloques:

«Reanudaron la interpretación de algunos de los diagramas, con los que prácticamente cubrieron la mesa. También discutieron sobre política, y como de costumbre, se divirtieron criticando cada uno la política exterior del país del otro. Eso les resultaba mucho más interesante que protestar contra la política del país de uno.»

En cierto modo, la reseña que se cuelga en un blog, un perfil social o un vídeo en YouTube es como esa secuencia de números primos que detecta la protagonista de esta novela. Alguien la lanza a la red y otro la capta, la asimila y tiene un impacto en su persona. Se ha producido un Contacto entre dos formas de inteligencia, ambas terrícolas, pero con un océano de separación. El mundo, es un microcosmos.

La historia avanza sobre la decodificación del Mensaje. Es decir, recorriendo el camino del qué (la señal recibida) al para qué. Cuando consiguen decodificar el Mensaje…

Sinopsis oficial:
Contacto es la única novela escrita por el astrónomo estadounidense Carl Sagan, uno de los mayores divulgadores científicos del siglo XX.

Tras cinco años de incesantes búsquedas con los dispositivos más sofisticados del momento, la astrónoma Eleanor Arroway consigue, junto a un equipo de científicos internacionales, conectar con la estrella Vega y demostrar que no estamos solos en el universo.

Empieza entonces un trepidante viaje hacia el encuentro más esperado de la historia de la humanidad, y con el Carl Sagan plantea magistralmente cómo afectaría a nuestra sociedad la recepción de mensajes de una civilización inteligente.

Contacto, Premio Locus 1986, desarrolla una de las constantes en la trayectoria del autor: la búsqueda de inteligencia extraterrestre y la comunicación con ella a traves de sondas espaciales. En 1997, el director de cine Robert Zemeckisllevó esta historia a la gran pantalla, en una película protagonizada por Jodie Foster y Matthew McConaughey.

Trasfondo
Podría pensarse que no lo tiene. Un libro de ciencia ficción pura que lo único que pretende es ponernos ante una situación hipotética y extraordinaria para captar nuestra atención.

Pero no, Sagan le da trasfondo. Hay mensajes insertos entre líneas. De hecho, hay muchos. Por ejemplo hay reflexión acerca del mundo de los años en que este libro vio la luz:

«Aún existían conflictos de orden político, algunos de los cuales —la crisis sudafricana— eran muy graves. No obstante, también se notaba en varios puntos del orbe un menor predicamento de la retórica jingoísta y del nacionalismo pueril.»

Y se reflexiona sobre la hipótesis, claro que sí. Sagan plantea qué respuesta podría dar la Humanidad a una encrucijada como la que propone el texto.

De registrase presencia de vida extraterrestre, concerniría a todos. Todos deberíamos articular una respuesta coordinada. Todos seríamos uno, pero seguramente un uno fragmentado y preso de rencillas que a escala universal, parecerían ahora ridículas.

«A muchos les parecía absurdo que los países beligerantes prosiguieran con sus mortales batallas cuando había que vérselas con una civilización no humana»

Los extraterrestres son el pretexto para hablar de los terrícolas. Las historias a escala Láctea nos dan distancia para mirarnos con perspectiva.

Y un hipotético contacto alienígena también nos dividiría. La ruptura de los partidarios, el mismo fenómeno siempre se ve bueno o malo, positivo o negativo, conveniente o inconveniente.

«una oportunidad sin precedentes, o incluso un grave riesgo colectivo»

Se ve el la preocupación por el desarme. Los dos grandes bloques de la Guerra Fría, —recordemos la fecha de publicación de esta novela—, armados hasta los dientes se van dando plazos para convertir parte de su arsenal atómico en energía no bélica. Esto se cuenta muy bien. En general el tono geopolítico de esa época se refleja con maestría, teniendo en cuenta que las predicciones de geopolítica, como las económicas, tienen la misma base que echar las cartas o redactar el horóscopo.

Los dos bloques de la guerra fría se manifiestan. Dos maneras de entender todo: la comunista frente a la capitalista. Y se dan palos a lado y lado aprovechando las intervenciones de cada personaje. No podría suponer Sagan —pero sí sospechar— que cinco años después de publicar esta obra, el mundo soviético iba a colapsar. Por eso digo…

Y también epifenómenos humanos. Celos inter pares, científicos ególatras que no soportan que una joven sea la que se lleve los honores, etc.

Muy interesante la novela.
Mucho nivel. Como la buena ciencia ficción, hablando del espacio sideral se habla en realidad de la tierra. Se utiliza la hipotética inferioridad de los terrícolas frente a los habitantes de Vega como una metáfora del pueblo atrasado frente a los jerifaltes y clase alta. Preocupa la sumisión o no que podamos padecer al entablar relación con otros seres en el espacio. Tememos que el conflicto y los abusos no sean rasgos exclusivamente humanos. Medimos todo el universo desde nuestra propia experiencia: la guerra; la imposición de yo sobre el otro.

Una vez más se recurre al mito de la caverna. El ser humano no se cansa de chocar con esa pared. Siempre que alguien da un paso trascendental, los que no lo han dado, se muestran despreciativos cuando no abiertamente hostiles. El ser humano no acepta el cambio por más que el cambio es omnipresente. Estamos donde estamos por nuestra capacidad de adaptación y sin embargo detestamos el cambio. Nuestra necesidad de seguridad y certidumbre es primaria.

Los grandes avances de la ciencia han de ser graduales. Enormes avances vertiginosos, o son paulatinos o no serán. La tribu no lo permitirá.

El ser humano hegemónico y desafiado. Este es un planteamiento importante que nos hace Sagan:

«Algunos sociólogos y educadores sostenían que debían pasar varias generaciones antes de que se pudiera asimilar como corresponde la mera existencia de seres más inteligentes que el hombre. Se trataba de un golpe mortal para la autoestima de los humanos, aseguraban»

¿Qué haría la especie humana ante tal hallazgo? ¿Aceptarlo? ¿Hundirse en su melancolía? ¿Silenciarlo mientras fuera posible? ¿Luchar? ¿Buscar formas de convivencia? ¿Comprender el mayor desarrollo de otros y ponerse a su altura aprendiendo de su avance?

¿Qué haría el ser humano ante ese cambio de paradigma?

Muchos dirán que la ciencia ficción son historias de marcianitos. Habrá quien desdeñe el género como uno de una naturaleza menor. Yo recomiendo un tratamiento a base de leer más y leer antes de juzgar. Yo mismo —poco versado en el género— me lo estoy aplicando con buen disfrute.

Personajes
Ellie es la protagonista. Ella es la que recoge los primeros contenidos provenientes de Vega. Es inteligente e imprudente. Impulsiva y respetuosa. Contradictoria y real.

Hay más personajes, sí, pero ella es el centro. Es casi la única que Sagan nos explica a fondo. Su mirada suele ser la del narrador, aunque aquí tenemos un narrador heterodiegético, se entiende a las mil maravillas con Ellie.

En general diremos que es un personaje conseguido. No es que haya una profundidad psicológica mayor, pero no se puede hablar de un personaje plano, sino de una soñadora idealista que a pesar de todo experimenta el desengaño de descubrir más verdades sobre el ser humano que sobre los extraterrestres en su contacto con éstos últimos. Del idealismo al excepticismo, no sobre su ideal, sino sobre las posibilidades de alcanzarlo en medio de esta sociedad de personas.

Leptina y ghrelina a la vez. Tiene un trasfondo filosófico, —escatológico y ontológico— considerable para ser una obra con bastante recorrido comercial, que todo hay que decirlo.

¿Qué se aprende o sobre qué reflexiona?
El Universo es enorme. El ser humano encierra dentro de sí, otro universo no tan grande pero sí más complejo incluso. Antes que explorar el último rincón de la galaxia, debemos explorar nuestra propia realidad, nuestro interior es un abismo tan grande como la mayor de las galaxias. Este libro que va sobre una mujer que permanentemente mira hacia fuera, —hacia el espacio exterior—, nos está invitando a mirar hacia dentro de nosotros mismos, para no estar tan solos y tan aislados como Eleanor Arroway.

La ciencia es el camino. Pero sólo es un camino, no un destino. No podemos convertir la ciencia en dogma, porque la ciencia es justo lo contrario al dogma. La verdad debe aceptarse. Puede que la ciencia nos lleve a una verdad que no esperábamos y que no afirma nuestras creencias más arraigadas, creyentes o escépticas. Qué haremos entonces. Los seres que pudieran existir en otros mundos nos interesan. Contactar con ellos nos parecería indispensable de tener evidencia de su ser. Sin embargo, el contacto más importante que debemos buscar es con nuestros más cercanos. Vivir presentes en las familias y los amigos que nos rodean, antes que perdidos en la búsqueda de otros universos que aunque conquistemos siempre nos serán extraños. Cuántos de nosotros perdemos el Contacto con hijos, amigos, cónyuges… perdidos en el universo de nuestros móviles, aficiones, trabajo o buscando El dorado.

Recuperemos el contacto. Vivamos en el universo inmediato. Al fin y al cabo, cada átomo de nuestro cuerpo es parte de cualquier universo mayor.

Magnífica novela de un género infravalorado.


martes, 23 de abril de 2024

El Día del Libro: Celebrando la Literatura y la Cultura

El Día del Libro, también conocido como el Día Mundial del Libro y del Derecho de Autor, se celebra cada 23 de abril en todo el mundo. Esta fecha conmemora la importancia de los libros, la lectura y la difusión del conocimiento. A continuación, exploraremos el origen de esta celebración y cómo podemos participar en ella.
Origen y Significado

23 de abril: El Día del Libro se eligió en honor a dos grandes escritores que fallecieron en esta fecha: Miguel de Cervantes (autor de “Don Quijote de la Mancha”) y William Shakespeare (autor de obras como “Romeo y Julieta” y “Hamlet”). Ambos dejaron un legado literario invaluable y su influencia perdura hasta hoy.

Sant Jordi: En Cataluña (España), el 23 de abril también es el Día de Sant Jordi. En esta fecha, es costumbre regalar rosas y libros. Las calles se llenan de puestos de flores y librerías, creando un ambiente festivo y cultural.

Recomendaciones del libros 
“El arco iris de la gravedad” de Thomas Pynchon: Esta obra narra la historia de un militar sometido a experimentos pavlovianos por un científico alemán que trabaja para los nazis. El protagonista sufre una erección cada vez que cae una bomba alemana V-2.







“La posibilidad de una isla” de Michel Houellebecq: En esta novela, el protagonista Daniel se ve inmerso en una secta que asegura que el ser humano alcanzará la inmortalidad. La trama aborda temas filosóficos, sociales, políticos y científicos.








“1Q84” de Haruki Murakami: Esta novela presenta dos historias paralelas, una sobre una gimnasta asesina y otra sobre un profesor que desea ser escritor. A lo largo de la trama, se exploran tintes de ciencia ficción y se menciona el libro “1984” de George Orwell.







“Oveja mansa” de Connie Willis: La protagonista, Sandra Foster, es una socióloga que estudia las modas y se encuentra con un investigador especialista en la teoría del caos. La novela combina elementos científicos con un toque de humor y misterio.







“Parque Jurásico” de Michael Crichton: Aunque más una novela de aventuras con tintes de terror, contiene disquisiciones sobre ingeniería genética y paleontología. La trama gira en torno a la creación de un parque temático con dinosaurios clonados.

viernes, 2 de febrero de 2024

Frankenstein o el moderno Prometeo de Mary Shelley

En la historia de la ciencia cabría recuperar la figura de una joven aprendiz que, sin ser propiamente una “científica”, supo darnos no sólo una precursora y adelantada visión de los caminos que seguiría la entonces “ciencia moderna” al concebir la creación de un hombre nuevo, un hombre nacido en un laboratorio, un ser ideado por la mente de un científico. En efecto, Mary Shelley y su creación literaria Frankenstein apuntan desde el principio a uno de los viejos y desastrosos “sueños de la razón”, y tan es así que desde sus primeras ediciones el texto ha dado abundante material para el debate filosófico en lo que podemos denominar el problema científicomoral. Así, a Frankenstein o el moderno Prometeo, publicada en 1818, se le ha considerado de muchas y múltiples maneras. Sin embargo, las actuales investigaciones históricas empiezan a poner de manifiesto el espectro científico que sirve de marco a la obra, y es precisamente a esta reconstrucción a la que se destina este escrito. Así pues, intentaré recuperar la ciencia que subyace en la creación literaria, y, a partir de ello, bosquejar lo que aquí he dado en llamar “ la ciencia de Victor Frankenstein”, esto es, la ciencia que respalda el experimento con que este personaje quiere dotar de vida a la nueva criatura.

La ciencia de Frankenstein es una conjunción de concepciones antiguas y renacentistas y de la ciencia moderna, y esa combinación configura el telón de fondo de la ciencia implícita en el texto; por ende, mi labor se restringe a seguir las pistas que Mary Shelley va dejando a lo largo de su novela para poder hacer manifiesta esta ciencia mediante el trazo de las coordenadas principales en las que el mundo de los magos y alquimistas se une al de los científicos modernos.

Buena parte de tal ciencia se halla en un pasado lejano, y no podría ser de otra manera dado que el origen de la novela, según se sabe, fue una apuesta en la que el ganador sería quien escribiese la mejor historia de fantasmas; por ello, la autora buscó aterrorizar a los lectores recurriendo a lo tenebroso y sombrío de la novela gótica, en la que insertó elementos de la alquimia y la magia, pero a la vez centró el terror en una é poca más cercana y luminosa –el siglo XVIII–, cuyo contexto era el del romanticismo de su propia época; en esta tendencia es posible reconocer la crítica a la “razón ilustrada” y a la “ ciencia moderna”. Para una mente romántica como la de Mary, los ingredientes de la creación estaban dados: el pavor provendría de la obra culminante de un científico que no se detiene ante el límite de lo misterioso y que avanza en él con el solo poder de su razón y de su ciencia, un genio creador que en la búsqueda última del saber total y absoluto termina en la locura y hereda al mundo su creación, la peor de sus pesadillas convertida en realidad.

Para combinar estos ingredientes, Mary Shelley imaginó un científico obsesionado que, impasible ante el poder de su ciencia, decide consagrarse a la búsqueda de un patrón teóricoexperimental que le haga posible crear vida. Y por cierto que tal patrón existía desde siempre: es en buena medida el sueño de magos y alquimistas de toda laya en la historia de la filosofía y de la ciencia; pero lo significativo aquí es que en la época de Shelley esas cuestiones dejaban paulatinamente de ser meros ensueños para comenzar a convertirse en realidades gracias a los nuevos resultados de la ciencia. El nudo de la creación dejaba de ser una mera idea romántica para convertirse en una certeza a cuyo servicio se tendría por consiguiente a la ciencia misma. Aparece así esa especie de mito que configura ya el imaginario colectivo y que prácticamente se ha convertido en una leyenda

urbana: la concepción del “científico loco”, que remite inmediatamente a la idea del poder absoluto que confiere el conocimiento y que termina por colocar a los científicos como amos y señores del mundo. Uno de tales antecedentes podrían hallarse en La nueva A t l á n t i d a de Francis Bacon, cuyo lema “Saber es poder” puede considerarse como el origen de la creación de la utopía científica. En fin, sea lo que fuera, el caso es que Mary Shelley logra reunir realidad y ficción para ofrecernos una obra que, trascendiendo el tiempo y el espacio, consigue realmente mostrar su arista más horripilante cuando nos coloca –hoy igual que entonces– ante la pregunta que hoy tiene particular importancia: ¿qué sería del mundo si la ciencia logra conseguir todo lo que se propone?

Y, qué duda cabe, la ciencia ya ha mostrado cómo cumplir este añejo sueño; en efecto, crear vida en un laboratorio ha dejado de ser motivo de la literatura de ficción para tornarse en un tema científico de cuya realidad pocos dudarían hoy, y que empieza a formar parte de nuestro mundo cotidiano a través de los trabajos que real izan actualmente los científicos con respecto a la clonación, la reproducción asistida, el proyecto del genoma humano y muchos otros. No era exactamente así en tiempos de nuestra autora, pero lo cierto es que ya entonces se vislumbraban algunas posibilidades. ¿Cuáles eran estas y cómo aparecen en la obra de Shelley? Con esta pregunta nos podemos poner en camino para determinar la ciencia que respalda el proyecto científico de crear vida que tiene en mente el doctor Victor Frankenstein.

Nuestro personaje aparece como un joven investigador cuya pasión por los misterios de la vida y la muerte le llevarán a concebir la posibilidad de crear un hombre. Obsesionado con ello, se dirige primeramente a la metafísica, entendiéndola como ciencia que permite descifrar los secretos del mundo físico; la filosofía natural será entonces el genio que gobierne su destino. Recorriendo otras páginas, nos enteramos que se da a la tarea de leer exhaustivamente sobre estos temas en las obras de tres autores: Alberto Magno, Paracelso y Cornelio Agripa: “Bajo la guía de mis nuevos preceptores, me inicié con la mayor diligencia en la búsqueda de la piedra filosofal y el elixir de la vida; pero este último pronto atrapó toda mi atención”. También nos dice que una violenta, terrible e inesperada tormenta cambió el curso de sus ideas: “Antes de este episodio yo ya conocía las leyes más elementales de la electricidad. En esta ocasión estaba con nosotros un hombre de grandes conocimientos en filosofía natural, el cual, estimulado por la catástrofe, comenzó a explicar una teoría que había desarrollado sobre la electricidad y el galvanismo, la cual era al mismo tiempo nueva y asombrosa para mí. Todo lo que dijo ponía totalmente en duda las apreciaciones de Cornelio Agripa, Alberto Magno y Paracelso”. Fue a raíz de tal incidente que decide renunciar a seguir alimentado su espíritu con estos estudios, pues le pareció entonces que “nunca nada sería o podría ser conocido” ya que la aparente contradicción que engendraba el estudio de la historia natural se le mostró entonces como “una creación deforme y fracasada”.

Se dedica entonces a “las matemáticas y a las ramas de investigación que pertenecen a esa ciencia por estar constituidas sobre fundamentos sólidos”. No obstante, el destino o la fatalidad no habrían de permitir que el desengaño y la decepción fueran contundentes, y poco después encontramos a nuestro personaje en la Universidad de Ingolstadt, donde se encuentra con su primer maestro, el señor Krempe, quien es precisamente profesor de filosofía natural. Éste se burla de las lecturas de Victor por considerarlas teorías refutadas: “No esperaba ya, en estos tiempos ilustrados y científicos, encontrar un discípulo de Alberto Magno y de Paracelso. Mi querido amigo, usted debe comenzar sus estudios completamente desde el principio”. Así que el buen maestro le entrega una lista de libros sobre filosofía natural sobre los que nunca se dicen los títulos, pero sabemos que pese a su modernidad tales textos no parecían cubrir las expectativas del joven estudiante: “Se me pedía que cambiara quimeras de ilimitada grandeza por realidades de poco valor”. Aún le espera otra sorpresa, y esta sí que cambia por completo su manera de concebir la ciencia y en general da un vuelco total a su propia vida. El encuentro con el señor Waldman y la química moderna le abren nuevos derroteros, pues sabe entonces que su sueño creador tiene finalmente una posibilidad. En efecto, Waldman le dice lo siguiente:
Los antiguos maestros de esta ciencia prometían imposibles y no lograron nada. Los maestros modernos prometen muy poco; ellos saben que los metales no pueden transmutarse y que el elixir de la vida es una quimera. Pero estos filósofos, cuyas manos parecen estar hechas sólo para hurgar en la suciedad y sus ojos para escrutar con el microscopio o el crisol, han hecho realmente milagros. Han penetrado hasta lo más oculto de la naturaleza y han demostrado cómo funciona en sus escondrijos. Han subido a los cielos, han descubierto cómo circula la sangre y cómo es el aire que respiramos. Hemos adquirido poderes nuevos, y prácticamente ilimitados, que pueden gobernar el rayo, imitar terremotos y hasta simular al mundo invisible con sus propias tinieblas.

En estas palabras se condensa el sueño de nuestro curioso y ambicioso investigador: la ciencia, después de todo, era poderosa y ahora parecía serlo más que nunca. “Mucho más alcanzaré yo siguiendo los pasos ya iniciados –afirma el personaje–, seré pionero de un nuevo camino, exploraré nuevos poderes y descubriré al mundo los misterios más secretos de la creación” .

Después de esto toma la decisión de volver a sus antiguos estudios, para lo cual pide consejo al señor Waldman, a quien le cuenta de sus autores favoritos. Pero el maestro no se sorprende ni se burla de tales teorías; al contrario, encuentra en estos personajes a los precursores de los estudios modernos, pues “a la labor infatigable de estos hombres deben los filósofos modernos la mayoría de la base de sus conocimientos. Nos han dejado una tarea más sencilla: dar nombres nuevos y organizar en clasificaciones los hechos que en gran medida ellos habían sacado a luz. La labor de los genios, aunque esté dirigida erróneamente, rara vez deja de conseguir alguna ventaja sólida para la humanidad”. Por úl timo, recomienda a su nuevo discípulo que no sólo se dedique al estudio de la química pues “quien sólo se ocupa de esa rama del conocimiento humano sería un mal químico. Si su deseo es convertirse en un verdadero hombre de ciencia y no en un mero experimentador, debo aconsejarle que se dedique a todas las ramas de la filosofía natural, incluidas las matemáticas”.

Por ende, el plan de estudios que seguirá Frankenstein consta de dos disciplinas fundamentales: la filosofía natural y la química, que en general quedan representadas por Krempe y Waldman, sus dos maestros. Con dicho arsenal se inicia Victor en estudio de la ciencia, que supone ha de terminar por descubrirle los misterios de la vida y de la muerte. En efecto, la cuestión que preocupa a nuestro personaje y que se erige en tema y proyecto de investigación es la pregunta relativa al origen del principio de la vida, para cuya respuesta habrá que recurrir primero a la muerte. Vemos también a Victor enfrascado en sesudos estudios y experimentos fisiológicos y anatómicos, de donde podemos suponer que la biología –quizá la evolucionista– es igualmente una de sus especialidades. A lo anterior me resta solamente añadir la vía de los experimentos modernos de la electricidad. Dos cuestiones tomo aquí como pistas. Una es lo que explícitamente se nos dice en la introducción de 1831 y en el prólogo de 1818 y que remiten concretamente a la naturaleza del principio de la vida: los experimentos realizados por Erasmus Darwin y a su posibilidad: tal vez sea posible reanimar un cuerpo; el galvanismo había dado evidencias de ello. Tal vez entonces podrían fabricarse las partes componentes de una criatura, colocarlas juntas y dotarlas de calor vital.

La segunda pista la tomo al vuelo de lo que puede estar supuesto en todo ello, y así, me parece que la idea que se manejará es la de una esencia etérea que pudiera vivificarse con una descarga eléctrica, descarga que, aunque la autora de la novela no lo dice explícitamente, es la generada por la electricidad de los rayos, pues para introducir el tema de la electricidad y el galvanismo Victor cuenta líneas atrás su experiencia con la tormenta, y cuando la criatura abre los ojos lo hace asimismo en una noche lluviosa. Tal vez Mary Shelley tiene en mente los experimentos de Franklin –con quien James Lind se carteaba– y el pararrayos, el cual fue sometido a prueba en 1753. He aquí la tecnología para la construcción artificial de la criatura: la posibilidad de crear vida –la “ chispa vital”– tendrá a la electricidad como su origen.

Comienza entonces el largo proceso de investigación: “ Después de días y noches de una labor y fatiga increíbles, fui capaz de descubrir la causa de la generación de la vida, y no sólo eso: además [pude] conferir animación a la materia sin vida”. Aunque ya desde aquí advierte lo peligrosa que es la adquisición de conocimientos y duda de cómo habrá de utilizar el enorme poder que ha adquirido con su ciencia, decide crear un ser humano, dedicándose entonces a conseguir y acondicionar sus materiales. Dos años yendo de aquí a allá terminan por dar frutos esa noche borrascosa y fría de noviembre: la criatura abre sus ojos, respira con fuerza y mueve agitadamente sus miembros; el doctor Frankenstein, incapaz de soportar el aspecto de su creación, huye despavorido del laboratorio, y ambos seres, creador y criatura, inician el arduo peregrinar que habrá de dejar a su paso muerte y desolación. Terrible destino impone al científico su megalómano sueño creador, y, con él, a la espeluznante –e inocente– criatura que produjo. La idea parece clara, o por lo menos es lo que Mary Shelley nos orilla a pensar: jugar a ser Dios termina en desastre, y todo parece indicar que la ciencia y sus procedimientos juegan con poderes que desconocen y que no podrán controlar una vez desatados.

Con estos elementos –las únicas pistas que nos brinda Mary Shelley– podemos intentar echar un vistazo al laboratorio del doctor Frankenstein y tratar de descubrir cómo se lleva a cabo la creación de la terrible criatura que tanto sobresalta a su creador. Entramos con esto a la visión megalomaníaca de nuestro “científico loco”, quien sólo puede pensar en las inmensas posibilidades del poder de crear vida, lo que lo colocará por encima de cualquier otra cosa que hasta entonces hubiese logrado hombre alguno. Si la vida y la muerte parecen ser meros límites conceptuales, Frankenstein piensa que ha de ser el primero en atravesarlos para producir una nueva especie que lo honrará como su creador: “Creía que si podía conferir animación a la materia sin vida, podría en un futuro recuperar la vida donde la muerte hubiese, aparentemente, entregado el cuerpo a la corrupción”. El viejo sueño de magos y alquimistas se convertía en realidad. Frankenstein tiene el respaldo científico necesario para llevar a efecto su proyecto, y nosotros podemos ahora intentar profundizar en tal soporte.

Entremos pues en el laboratorio de Victor Frankenstein y escudriñemos un poco. Llaman primeramente nuestra atención unos viejos y estropeados folios en cuyos lomos leemos: D e unitate intellectus, Summa de creaturis, Summa Theologiae, De vegetalibus y De animalibus; su autor es el erudito e ilustrado Alberto Magno, quien no obstante ser hijo del siglo XIII, fue uno de los autores que impresionaron primeramente la mente de nuestro joven investigador. ¿Qué podía encontrar de novedoso un hombre moderno en la obra de un antiguo y oscuro medieval? Me parece que lo que admira en él se basa en dos cuestiones.

La primera se remite a la concepción mágico-astrológica del universo: la idea de un conocimiento natural que testimonia la fuerza de una Causa Primera que permite conservar todas las cosas unidas. La segunda cuestión, fundamental, es seguramente el interés que ese antiguo personaje mostraba por las ciencias físicas y su constante apelación a que se traten con estricto apego a la observación y el experimento. Frankenstein encuentra en Alberto Magno una doctrina que mezcla diversos elementos sostenidos en la idea de un todo cuyas partes están relacionadas, que a su vez estaba marcada por un camino metódico. Ambas cuestiones parecen imbuir en la joven mente de Frankenstein la posibilidad de un conocimiento absoluto y total basado en la observación de la naturaleza.

Tenemos ahora ante nosotros el legendario tratado De oculta filosofía de Cornelio Agripa. El solo título basta para saber por qué es uno de los libros favoritos de nuestro personaje. Por lo que sabemos, Agripa era medico, astrólogo, nigromante, cabalista y mucho más. Especie de nuevo Fausto, como alguien lo ha llamado, fue acusado y encarcelado por brujería, y en esta obra hace confluir elementos de lo que él mismo llamaba “magia natural”, constituida por doctrinas neoplatónicas y cabalísticas y por las teorías de Nicolás de Cusa y de Raimundo Lulio; su idea central es que la naturaleza es un organismo vivo, un todo animado, en donde todo influye en todo y cuyo influjo universal es la vida originaria que ha creado todo. Uno de sus capítulos tiene el sugerente título de “Reanimación de los muertos, largo sueño e inedia”.

Hay asimismo algunos textos de Paracelso, que en las versiones actuales de sus obras completas conocemos como el Libro de los prólogos y que trata fundamentalmente de la medicina; el Libro de las entidades, compuesto de cinco libros que abordan la entidad de los astros y su influencia, la del veneno, y las entidades natural, espiritual y divina. el Libro de las paradojas se ocupa de las causas y orígenes de las tres sustancias (mercurio, sal y azufre) y de las enfermedades que de ellas provienen. Con semejantes títulos, es clara la razón de que Paracelso – cuya figura parece moverse entre la delgada línea que separa genio y locura, más aún que Agripa– convoque toda una serie de saberes: alquimia, astrología, teología, filosofía, química, medicina, mineralogía, artes mecánicas, fisiología y muchos otros. A Paracelso se le considera hoy día como un precursor de la ciencia moderna al ser el fundador de la terapéutica y de la medicina experimental. Y ciertamente que ese era en lo esencial su programa de actividades: reformar la medicina por medio de la magia. Su idea de la magia estaba fincada, como la de Agripa, en la concepción de la unicidad de la naturaleza, en que prima la idea de una correspondencia entre el macrocosmos y el microcosmos, de donde resulta claro que investigando en el primero se hará posible actuar en el segundo. Así, la búsqueda de este médicomago se centrará en conocer las fuerzas “mágicas” que rigen el macrocosmos: astrología y teología que, aunadas con la alquimia – arte de combinación de las sustancias–, proporcionarán los remedios adecuados a las enfermedades del hombre. He aquí todo el misterio de la medicina alquímica. Pero el universo de Paracelso es mucho más vasto y complejo y encierra en sí muchas otras nociones que pueden haber atraído la mente de Frankenstein. Entre ellas, la principal sería la que se refiere a los “ homúnculos”, seres vivos creados in vitro para cuya creación se dice que dejó establecida una fórmula.

Es, pues, la medicina alquímica la concepción de que, como un todo orgánico, la naturaleza está recorrida por la fuerza de la vida, que parece surgir de la combinación del azufre, la sal y el mercurio. ¡Qué idea tan atractiva habría de parecerle a Frankenstein, pues si realmente existe un orden general y armonía en el universo, será conociendo el eterno juego de sus mutaciones lo que hará posible reconstruirlo en el microcosmos! Dominar este arte es supremo conocimiento, ciencia universal teórico-especulativa y práctico-experimental a la vez. Según esto –piensa Victor–, el secreto de la vida está escondido en la misma naturaleza, y lo único que resta es descubrirlo a través de un ars combinatoria y reproducirlo. Para el hombre que lo posea no hay nada imposible.

La primera conclusión que podemos extraer de esta somera inspección de textos es que los autores favoritos de Victor Frankenstein comparten con él la idea de la unidad de la naturaleza, cuya intuición básica habrá de desarrollar la ciencia moderna. Recuérdese aquel consejo que le daba Waldman sobre la unificación de los saberes, que Victor parece haber encontrado antes en Paracelso: los versados en una sola entidad, los especialistas, cada uno considerado aisladamente, es un farsante y sus conocimientos sólo resultan verdaderos y justos cuando se reúnen en uno solo. Estas son ideas que podemos concentrar en la fórmula siguiente: si el mundo natural y el mundo humano se rigen por las mismas leyes, el conocimiento de las diferentes disciplinas constituirá entonces un único y último saber. Esta cuestión, por lo demás, habrá de ser firmemente asentada por René Descartes como una de las premisas fundamentales de la Modernidad: es posible un conocimiento último y absoluto de la naturaleza a través de un método propicio. Así que todos estos autores conectan – cada cual a su modo– las ideas que los modernos desarrollarán cabalmente .

Con este trasfondo, podemos ahora introducir las modernas experimentaciones con la electricidad que parece tener en mente Frankenstein. Digamos, en primer término, que las investigaciones en torno a la electricidad y el magnetismo tienen también un remoto pasado, que en buena medida llevó a establecer una analogía entre el poder de la atracción de ciertos cuerpos y el pensamiento mágico.


En efecto, se ha dicho que “la doctrina de las afinidades y las simpatías – o sea, la idea de que la virtud reside en un tipo especial de sustancia y que puede ser evocada mediante un tratamiento adecuado– quedó ejemplificada en el ámbar y más aún en el imán debido a su propiedad mágica de transferir su virtud a otros objetos”. Galvani pensaba que lo que puede transferir dicha virtud sería la electricidad, y trató de probarlo del modo siguiente: tomó ranas muertas y las fijó con agujas de cobre a rejas de hierro; las ranas experimentaban convulsiones. El anatomista italiano pensó entonces que había descubierto una clase desconocida de electricidad: la electricidad animal, más tarde llamada galvanismo. No era tal, como después lo demostró Volta al establecer que era posible producir electricidad prescindiendo de los animales, creando así la primera pila de corriente eléctrica. Lo que aquí me interesa resaltar es el hecho de que, en el espectro científico que delinea Mary Shelley, la electricidad es esa suerte de “chispa o elixir” que podía funcionar como principio y origen de la vida, y, dado que Galvani era un anatomista que mostraba un interés especial por la fisiología de los nervios, es que Victor Frankenstein se dedica también al estudio de esas disciplinas. Aquí cabrían también los experimentos que llevó a cabo Erasmus Darwin: “Había mantenido un trozo de vermicelli dentro de una caja de vidrio, hasta que, por algún medio extraordinario, este comenzó a moverse por propia voluntad”. Por su parte, los planteamientos de Franklin –cuya explicación de la electricidad, como señala algunos estudiosos, se convirtió en la moderna teoría de la carga eléctrica– bien pudieron quedar integrados en este cuadro ya que la analogía que establece entre la chispa eléctrica que se produce en un laboratorio y el rayo que puede ser atrapado por la cometa mostraba que la electricidad tenía una aplicación práctica que en cierto modo era controlable, pero además parecía apuntar a que si tal descarga se dirigía a un cuerpo inerte, sería capaz de infundir vida a la criatura de Frankenstein. Al parecer, fue este tipo de experimentos los que realizó el científico que imaginó Mary Shelley.

Podemos ahora suponer que tal acercamiento a la electricidad, aunque no queda patente en el texto, es justo lo que posibilita la aplicación práctica de las viejas teorías alquímicas, y, con ello, imaginar lo que habría en la desordenada mesa de trabajo de Frankenstein. Amontonados aquí y allá podemos ver utensilios y accesorios diversos, tales como alambiques, matraces, aparatos de destilación, agujas de cobre, barras de hiero, imanes y ámbar; quizá también hubiera frascos de sal, azufre y mercurio, las tres sustancias fundamentales de que hablaba Paracelso, y hasta un galvanómetro para detectar la presencia de una corriente continua; vemos también una pila de corriente eléctrica junto a algunas enormes y descoloridas cometas, y, por supuesto, instrumental quirúrgico y de disección, y sobre todo metales, animales y plantas colocados en pequeñas charolas y cajas de cristal. Y al fondo, finalmente, tendido en una especie de cama reclinable, vemos al imponente engendro que ha construido nuestro científico, quien se dirige a aquél llevando consigo una pequeña mesa con algunos de los instrumentos que hemos visto antes. Victor Frankenstein tiene ya todo dispuesto para iniciar su increíble y tremendo exp
erimento .

Y aunque el cuento no concluye aquí, es este el final de nuestro viaje. Después de todo, lo que a nosotros nos interesaba era el comienzo del cuento. Al comienzo –ahora lo sabemos– era la ciencia, una ciencia que, según como nos la presenta Mary Shelley, parece decir “Hágase el hombre”. Y sí, quizá el hombre surgirá como en un acto de magia. Pero lo que será de él y lo que hagamos nosotros con un ser así es lo que hallaremos si seguimos leyendo hasta concluir la novela. Sin embargo, la pregunta continuará allí, porque esta historia, vista desde los albores del siglo XXI, es una narración que continúa y cuyo final aún está por escribirse.

sábado, 9 de septiembre de 2023

ÁRBOL ADENTRO

 Octavio Paz

(Ciudad de México, 31 de marzo de 1914 – Coyoacán, México, 19 de abril de 1998)

Creció en mi frente un árbol.

Creció hacia dentro.

Sus raíces son venas,

nervios sus ramas,

sus confusos follajes pensamientos.

Tus miradas lo encienden

y sus frutos de sombras

son naranjas de sangre,

son granadas de lumbre.

Amanece

en la noche del cuerpo.

Allá adentro, en mi frente,

el árbol habla.

Acércate, ¿lo oyes?

 

lunes, 29 de agosto de 2022

La Isla Misteriosa

Es un hecho conocido que Julio Verne (sí, deberíamos llamarle Jules Verne, pero la traducción se ha asentado), el popular escritor de novelas de aventuras del XIX, era también un gran lector, que sacaba de periódicos y libros la inspiración y la información que necesitaba para crear el universo en el que ocurrían sus historias. Una de las sus novelas, La isla misteriosa, que sigue las aventuras de cinco personajes varados en una isla. La novela se publicó entre 1874 y 1875 en forma de folletín y debe mucho a historias anteriores sobre náufragos, pero también a una historia real, Les Naufragés ou Vingt mois sur un récif des Îles Auckland, publicado en Francia en 1870 por François Édouard Raynal y que se convirtió en una historia muy popular en su momento y muy valorada.

Lo que Raynal contaba no era una novela ni una historia de ficción, sino sus recuerdos de su propia experiencia como náufrago. El libro, que acaba de publicar en castellano Jus Ediciones como Los náufragos de las Aucklands, resulta de hecho interesante incluso aunque no se piense en Verne leyéndolo para comprender cómo podía ser la vida en una isla desierta en la que 5 personas no tienen más remedio que luchar para sobrevivir por todos los medios.

También es fácil comprender cómo Raynal y su historia se convirtieron en algo popular y valorado en su momento, porque su narración es una de superación y compañerismo, frente a las narraciones habituales de naufragios. Sin ir más lejos, al mismo tiempo que su barco naufragaba en las Aucklands y ellos intentaban sobrevivir otro barco acabaría en la misma situación, pero sin la misma suerte. Sus supervivientes se enfrentaron entre ellos, lo que los acabó condenando y reduciendo aún más el número de supervivientes. Y no hay que olvidar la atroz historia del Batavia, un barco del siglo XVII que naufragó en lo que hoy es Australia y cuya historia se recuerda en el prólogo de la nueva edición de la narración de Raynal. La mayor parte de las más de 300 personas que iban a bordo del barco sobrevivieron al naufragio, pero no a los meses posteriores. Uno de los pasajeros tomó el control de la situación y lo convirtió en un infierno. Cuando llegaron a rescatar a los náufragos, dos tercios ya habían sido asesinados.
Raynal formaba parte de una expedición que buscaba una mina en las islas situadas al sur de Nueva Zelanda (sin éxito) y que en su viaje de vuelta vio como el barco en el que navegaban iba a la deriva. Los cinco tripulantes del barco consiguieron resguardarse en una de las islas Auckland, esperando a que viniese a su rescate una tripulación enviada por sus socios comerciales (que lo habían prometido). La expedición nunca llegó y los náufragos tuvieron que organizarse para sobrevivir. El barco naufragó en la noche del 2 al 3 de enero de 1864 y sus viajeros permanecieron en la isla hasta julio de 1865. Tuvieron que adaptarse a las condiciones climáticas (el clima de la zona es subantártico) y a la escasez de recursos, pero a pesar de ello todos los náufragos lograron sobrevivir.

¿Cómo lo consiguieron? La clave está en que fueron unos náufragos, por así decirlo, ejemplares. Desde un primer momento, primó la solidaridad, como bien supo Raynal. En el momento del naufragio, Raynal estaba enfermo, lo que lo convertía en un lastre para los otros 4 miembros de la tripulación. A pesar de ello, no lo abandonaron (como hubiesen hecho los náufragos contemporáneos…) y lo cuidaron para que recuperase la salud. El trabajo en común fue la tónica dominante de los meses (¡más de un año!) de convivencia, como también (o al menos es lo que se descubre leyendo a Raynal) la organización.

Los náufragos no solo construyeron desde un primer momento un lugar en el que vivir y dormir al abrigo, sino que crearon cuadros de tareas, por así decirlo, a los que todos se atenían. Además, y para gestionar la vida en la colonia, dotaron al capitán de mayor autoridad que a los demás pasajeros, aunque con la provisión de poder quitarle su poder en caso de abuso de su posición de dominio. Para no acabar volviéndose locos en los largos días en la isla, organizaron cursos en los que cada uno enseñaba a los otros sus conocimientos que los otros no poseían (unos náufragos aprendieron a leer y escribir, pero incluso ellos enseñaron otras cosas a los demás: como eran todos de nacionalidades distintas pudieron aprender idiomas).

Considerada por muchos la obra cumbre del autor y su novela más lograda dentro de su extensa bibliografía, 
"La isla misteriosa" destaca, entre otras cosas, por estar en relación con otras célebres historias de Verne, retomando personajes, acontecimientos y lineas argumentales de dos novelas anteriores y haciéndolos confluir con esta. Lo que hoy día se conoce como "crossover"

Por ello, es difícil reseñarla sin desvelar el gran secreto que oculta y arruinar la agradable (y mayúscula) sorpresa que guarda su desenlace para aquellos lectores que desconozcan completamente su trama. 

"La isla misteriosa" se divide en tres partes de longitud pareja, que suman sesenta y dos capítulos, resultando una novela bastante extensa. Está narrada en tercera persona por un narrador externo y omnisciente. Su esquema es el clásico: introducción, nudo y desenlace, y cumple con la particular fórmula narrativa del folletín: dejar la acción en suspenso al final de cada capítulo, para mantener al lector en ascuas, esperando por la continuación en la siguiente entrega.

El argumento muestra tanto la pasión de Verne por los avances científicos y tecnológicos como su admiración por el pueblo estadounidense, símbolo entonces del progreso, la iniciativa, la audacia y la precursión.

Considerada por muchos la obra cumbre del autor y su novela más lograda dentro de su extensa bibliografía, "La isla misteriosa" destaca, entre otras cosas, por estar en relación con otras célebres historias de Verne, retomando personajes, acontecimientos y lineas argumentales de dos novelas anteriores y haciéndolos confluir con esta. Lo que hoy día se conoce como "crossover"

domingo, 6 de junio de 2021

El cuervo, Edgar Allan Poe

 Se vislumbra en El cuervo una de las obras más representativas de Poe y de la literatura romántica del siglo XIX. El tormento y la desolación de un amor perdido encarnado en el plumífero infernal que picoteará el corazón de un triste hombre por toda la eternidad.


Una vez, al filo de una lúgubre media noche,
mientras débil y cansado, en tristes reflexiones embebido,
inclinado sobre un viejo y raro libro de olvidada ciencia,
cabeceando, casi dormido,
oyóse de súbito un leve golpe,
como si suavemente tocaran,
tocaran a la puerta de mi cuarto.
“Es —dije musitando— un visitante
tocando quedo a la puerta de mi cuarto.
Eso es todo, y nada más”.

¡Ah! aquel lúcido recuerdo
de un gélido diciembre;
espectros de brasas moribundas
reflejadas en el suelo;
angustia del deseo del nuevo día;
en vano encareciendo a mis libros
dieran tregua a mi dolor.
Dolor por la pérdida de Leonora, la única,
virgen radiante, Leonora por los ángeles llamada.
Aquí ya sin nombre, para siempre.

Y el crujir triste, vago, escalofriante
de la seda de las cortinas rojas
llenábame de fantásticos terrores
jamás antes sentidos. Y ahora aquí, en pie,
acallando el latido de mi corazón,
vuelvo a repetir:
“Es un visitante a la puerta de mi cuarto
queriendo entrar. Algún visitante
que a deshora a mi cuarto quiere entrar.
Eso es todo, y nada más.”

Ahora, mi ánimo cobraba bríos,
y ya sin titubeos:
“Señor —dije— o señora, en verdad vuestro perdón
imploro,
mas el caso es que, adormilado
cuando vinisteis a tocar quedamente,
tan quedo vinisteis a llamar,
a llamar a la puerta de mi cuarto,
que apenas pude creer que os oía.”
Y entonces abrí de par en par la puerta:
Oscuridad, y nada más.

Escrutando hondo en aquella negrura
permanecí largo rato, atónito, temeroso,
dudando, soñando sueños que ningún mortal
se haya atrevido jamás a soñar.
Mas en el silencio insondable la quietud callaba,
y la única palabra ahí proferida
era el balbuceo de un nombre: “¿Leonora?”
Lo pronuncié en un susurro, y el eco
lo devolvió en un murmullo: “¡Leonora!”
Apenas esto fue, y nada más.

Vuelto a mi cuarto, mi alma toda,
toda mi alma abrasándose dentro de mí,
no tardé en oír de nuevo tocar con mayor fuerza.
“Ciertamente —me dije—, ciertamente
algo sucede en la reja de mi ventana.
Dejad, pues, que vea lo que sucede allí,
y así penetrar pueda en el misterio.
Dejad que a mi corazón llegue un momento el silencio,
y así penetrar pueda en el misterio.”
¡Es el viento, y nada más!

De un golpe abrí la puerta,
y con suave batir de alas, entró
un majestuoso cuervo
de los santos días idos.
Sin asomos de reverencia,
ni un instante quedo;
y con aires de gran señor o de gran dama
fue a posarse en el busto de Palas,
sobre el dintel de mi puerta.
Posado, inmóvil, y nada más.

Entonces, este pájaro de ébano
cambió mis tristes fantasías en una sonrisa
con el grave y severo decoro
del aspecto de que se revestía.
“Aun con tu cresta cercenada y mocha —le dije—,
no serás un cobarde,
hórrido cuervo vetusto y amenazador.
Evadido de la ribera nocturna.
¡Dime cuál es tu nombre en la ribera de la Noche Plutónica!”
Y el Cuervo dijo: “Nunca más”.

Cuánto me asombró que pájaro tan desgarbado
pudiera hablar tan claramente;
aunque poco significaba su respuesta.
Poco pertinente era. Pues no podemos
sino concordar en que ningún ser humano
ha sido antes bendecido con la visión de un pájaro
posado sobre el dintel de su puerta,
pájaro o bestia, posado en el busto esculpido
de Palas en el dintel de su puerta
con semejante nombre: “Nunca más”.

Mas el Cuervo, posado solitario en el sereno busto.
las palabras pronunció, como virtiendo
su alma sólo en esas palabras.
Nada más dijo entonces;
no movió ni una pluma.
Y entonces yo me dije, apenas murmurando:
“Otros amigos se han ido antes;
mañana él también me dejará,
como me abandonaron mis esperanzas”.
Y entonces dijo el pájaro: “Nunca más”.

Sobrecogido al romper el silencio
tan idóneas palabras,
“sin duda —pensé—, sin duda lo que dice
es todo lo que sabe, su solo repertorio, aprendido
de un amo infortunado a quien desastre impío
persiguió, acosó sin dar tregua
hasta que su cantinela sólo tuvo un sentido,
hasta que las endechas de su esperanza
llevaron sólo esa carga melancólica
de ‘Nunca, nunca más’”.

Mas el Cuervo arrancó todavía
de mis tristes fantasías una sonrisa;
acerqué un mullido asiento
frente al pájaro, el busto y la puerta;
y entonces, hundiéndome en el terciopelo,
empecé a enlazar una fantasía con otra,
pensando en lo que este ominoso pájaro de antaño,
lo que este torvo, desgarbado, hórrido,
flaco y ominoso pájaro de antaño
quería decir granzando: “Nunca más”.

En esto cavilaba, sentado, sin pronunciar palabra,
frente al ave cuyos ojos, como-tizones encendidos,
quemaban hasta el fondo de mi pecho.
Esto y más, sentado, adivinaba,
con la cabeza reclinada
en el aterciopelado forro del cojín
acariciado por la luz de la lámpara;
en el forro de terciopelo violeta
acariciado por la luz de la lámpara
¡que ella no oprimiría, ¡ay!, nunca más!

Entonces me pareció que el aire
se tornaba más denso, perfumado
por invisible incensario mecido por serafines
cuyas pisadas tintineaban en el piso alfombrado.
“¡Miserable —dije—, tu Dios te ha concedido,
por estos ángeles te ha otorgado una tregua,
tregua de nepente de tus recuerdos de Leonora!
¡Apura, oh, apura este dulce nepente
y olvida a tu ausente Leonora!”
Y el Cuervo dijo: “Nunca más”.

“¡Profeta!” —exclamé—, ¡cosa diabólica!
¡Profeta, sí, seas pájaro o demonio
enviado por el Tentador, o arrojado
por la tempestad a este refugio desolado e impávido,
a esta desértica tierra encantada,
a este hogar hechizado por el horror!
Profeta, dime, en verdad te lo imploro,
¿hay, dime, hay bálsamo en Galaad?
¡Dime, dime, te imploro!”
Y el cuervo dijo: “Nunca más”.

“¡Profeta! —Exclamé—, ¡cosa diabólica!
¡Profeta, sí, seas pájaro o demonio!
¡Por ese cielo que se curva sobre nuestras cabezas,
ese Dios que adoramos tú y yo,
dile a esta alma abrumada de penas si en el remoto Edén
tendrá en sus brazos a una santa doncella
llamada por los ángeles Leonora,
tendrá en sus brazos a una rara y radiante virgen
llamada por los ángeles Leonora!”
Y el cuervo dijo: “Nunca más”.

“¡Sea esa palabra nuestra señal de partida
pájaro o espíritu maligno! —le grité presuntuoso.
¡Vuelve a la tempestad, a la ribera de la Noche Plutónica.
No dejes pluma negra alguna, prenda de la mentira
que profirió tu espíritu!
Deja mi soledad intacta.
Abandona el busto del dintel de mi puerta.
Aparta tu pico de mi corazón
y tu figura del dintel de mi puerta.
Y el Cuervo dijo: “Nunca más”.

Y el Cuervo nunca emprendió el vuelo.
Aún sigue posado, aún sigue posado
en el pálido busto de Palas.
en el dintel de la puerta de mi cuarto.
Y sus ojos tienen la apariencia
de los de un demonio que está soñando.
Y la luz de la lámpara que sobre él se derrama
tiende en el suelo su sombra. Y mi alma,
del fondo de esa sombra que flota sobre el suelo,
no podrá liberarse. ¡Nunca más!

viernes, 4 de junio de 2021

La cierva blanca, Jorge Luis Borges

Resultado de un plácido sueño nace La cierva blanca, de Borges. Uno de los personajes más influyentes en la literatura del siglo XX expone ante nuestros ojos un ejemplar proveniente de las tierras más lejanas de los Oneiros. El poema parece representar con precisión la verde pradera de Arcadia.



¿De qué agreste balada de la verde Inglaterra,
de qué lámina persa, de qué región arcana
de las noches y días que nuestro ayer encierra,
vino la cierva blanca que soñé esta mañana?

Duraría un segundo. La vi cruzar el prado
y perderse en el oro de una tarde ilusoria,
leve criatura hecha de un poco de memoria
y de un poco de olvido, cierva de un solo lado.

Los númenes que rigen este curioso mundo
me dejaron soñarte pero no ser tu dueño;
tal vez en un recodo del porvenir profundo

Te encontraré de nuevo, cierva blanca de un sueño.
Yo también soy un sueño fugitivo que dura
unos días más que el sueño del prado y la blancura.

jueves, 3 de junio de 2021

Reencarnación de los carniceros, Oscar Hahn

El poeta chileno adorna con una belleza inmaculada el canto irónico de una venganza no advertida. Los carniceros ahora convertidos en el ganado, los carniceros matando carniceros:



Y vi que los carniceros al tercer día,
al tercer día de la tercera noche,
comenzaban a florecer en los cementerios
como brumosos lirios o como líquenes.
Y vi que los carniceros al tercer día,
llenos de tordos que eran ellos mismos,
volaban persiguiéndose, persiguiéndose,
constelados de azufres fosforescentes.
Y vi que los carniceros al tercer día,
rojos como una sangre avergonzada,
jugaban con siete dados hechos de fuego,
pétreos como los dientes del silencio.
Y vi que los perdedores al tercer día,
se reencarnaban en toros, cerdos o carneros
y vegetaban como animales en la tierra
para ser carne de las carnicerías.
Y vi que los carniceros al tercer día,
se están matando entre ellos perpetuamente.
Tened cuidado, señores los carniceros,
con los terceros días de las terceras noches.

miércoles, 2 de junio de 2021

Oda al gato, Pablo Neruda

Un icono de la literatura latinoamericana expone la majestuosidad del gato como ser único y dueño de una perfección inaudita. Esta obra rebosa de alabanzas hacia el dueño de la mirada más hipnótica del reino animal.



Los animales fueron
imperfectos,
largos de cola, tristes
de cabeza.
Poco a poco se fueron
componiendo,
haciéndose paisaje,
adquiriendo lunares, gracia, vuelo.
El gato,
sólo el gato
apareció completo
y orgulloso:
nació completamente terminado,
camina solo y sabe lo que quiere.
El hombre quiere ser pescado y pájaro,
la serpiente quisiera tener alas,
el perro es un león desorientado,
el ingeniero quiere ser poeta,
la mosca estudia para golondrina,
el poeta trata de imitar la mosca,
pero el gato
quiere ser sólo gato
y todo gato es gato
desde bigote a cola,
desde presentimiento a rata viva,
desde la noche hasta sus ojos de oro.
No hay unidad
como él,
no tienen
la Luna ni la flor
tal contextura:
es una sola cosa
como el Sol o el topacio,
y la elástica línea en su contorno
firme y sutil es como
la línea de la proa de una nave.
Sus ojos amarillos
dejaron una sola
ranura
para echar las monedas de la noche.
Oh pequeño
emperador sin orbe,
conquistador sin patria,
mínimo tigre de salón, nupcial
sultán del cielo
de las tejas eróticas,
el viento del amor
en la intemperie
reclamas
cuando pasas
y posas
cuatro pies delicados
en el suelo,
oliendo,
desconfiando
de todo lo terrestre,
porque todo
es inmundo
para el inmaculado pie del gato.
Oh fiera independiente
de la casa, arrogante
vestigio de la noche,
perezoso, gimnástico
y ajeno,
profundísimo gato,
policía secreta
de las habitaciones,
insignia
de un
desaparecido terciopelo,
seguramente no hay
enigma
en tu manera,
tal vez no eres misterio,
todo el mundo te sabe y perteneces
al habitante menos misterioso,
tal vez todos lo creen,
todos se creen dueños,
propietarios, tíos
de gatos, compañeros,
colegas,
discípulos o amigos
de su gato.
Yo no.
Yo no suscribo.
Yo no conozco al gato.
Todo lo sé, la vida y su archipiélago,
el mar y la ciudad incalculable,
la botánica,
el gineceo con sus extravíos,
el por y el menos de la matemática,
los embudos volcánicos del mundo,
la cáscara irreal del cocodrilo,
la bondad ignorada del bombero,
el atavismo azul del sacerdote,
pero no puedo descifrar un gato.
Mi razón resbaló en su indiferencia,
sus ojos tienen números de oro.

martes, 1 de junio de 2021

El pájaro azul, Charles Bukowski

La poesía ha estado presente en la vida del hombre desde su nacimiento. Ha crecido y evolucionado con él; por su parte, el hombre ha aprendido a interpretarla con el tiempo como lo haría un ciego en una habitación desconocida, han ido de la mano escudriñando nuevas eras. La poesía ha logrado autoproclamarse la vocera del corazón y el espíritu.

Podría ser la poesía la hidra de innumerables cabezas que tienen su origen en el áspero e indescifrable dorso del universo, el cosmos codificado en delicados hilos que caen en forma de versos, sonetos y escandalosas prosas.

La imagen del poema se ve remontada siempre a la añoranza del pasado, al amor que no se tiene y a la muerte que se siente cerca; sin embargo hay una fuente de inspiración que no ha sido explorada y que ha legado joyas literarias extraordinarias. Las sensaciones de misticismo e incógnita que regalan los ojos del gato o la serenidad del canto de una beluga que llena el corazón son sin duda muestra del enigma que resulta el reino animal para el hombre. En los animales han recaído todos los defectos y virtudes del ser humano. A continuación compartimos cinco fabulosos poemas que encuentran su nacimiento en la fascinación y similitud con los animales:

El pájaro azul, Charles Bukowski
Caminante eterno de la senda del perdedor, Bukowski fue un prolífico escritor quien se caracterizó por la sordidez y crudeza en sus textos. El pájaro azul deja asomar un destello de la delicadeza que el escritor ahogaba con cigarro y whisky todos los días. El poema refleja ese deseo moribundo de ternura que “Chinansky” no admitía:


Hay un pájaro azul en mi corazón que
quiere salir
pero soy duro con él,
le digo quédate ahí dentro, no voy
a permitir que nadie
te vea.
Hay un pájaro azul en mi corazón que
quiere salir
pero yo le echo whisky encima y me trago
el humo de los cigarrillos,
y las putas y los meseros
y los dependientes de ultramarinos
nunca se dan cuenta
de que está ahí dentro.
hay un pájaro azul en mi corazón que
quiere salir
pero soy duro con él,
le digo quédate ahí abajo, ¿es que quieres
hacerme problemas?
¿es que quieres joder
mis obras?
¿es que quieres que se hundan las ventas de mis libros
en Europa?
Hay un pájaro azul en mi corazón
que quiere salir
pero soy demasiado listo, sólo lo dejo salir
a veces por la noche
cuando todo el mundo duerme.
le digo ya sé que estás ahí,
no te pongas
triste.
luego lo vuelvo a introducir,
y él canta un poquito
ahí dentro, no le he dejado
morir del todo
y dormimos juntos
así
con nuestro
pacto secreto
y es tan tierno como
para hacer llorar
a un hombre, pero yo no
lloro,
¿lloras tú?

sábado, 22 de mayo de 2021

Yo Robot

Yo, Robot es una novela creada a base de cuentos cortos de ciencia ficción concatenados del escritor estadounidense Isaac Asimov. Las historias aparecieron originalmente en las revistas norteamericanas Super Science Stories y Astounding Science Fiction entre 1940 y 1950 y luego fueron compiladas en un libro para su publicación conjunta en 1950. Las historias están relacionadas por un marco narrativo en el que la ficticia doctora Susan Calvin le cuenta cada historia a un reportero (que sirve como narrador) en el siglo XXI. Aunque las historias se pueden leer por separado, comparten el tema de la interacción entre humanos, robots y moralidad, y cuando se combinan cuentan una historia más amplia: la historia ficticia de la robótica según Asimov.

Varias de las historias presentan el personaje de Calvin, jefa de robopsicólogos de U.S. Robots and Mechanical Men, Inc. el mayor fabricante de robots. Tras la publicación en esta colección, Asimov escribió una secuencia de encuadre que presentaba las historias como recuerdos de Calvin durante una entrevista con ella sobre el trabajo de su vida, principalmente preocupada por el comportamiento aberrante de los robots y el uso de la "robopsicología" para resolver lo que está sucediendo en su cerebro positrónico. El libro también contiene el relato corto en el que aparecen por primera vez las Tres Leyes de la Robótica de Asimov, que tuvieron una gran influencia en la ciencia ficción posterior y también en el pensamiento sobre la ética de la inteligencia artificial. Estas leyes son:

-Un robot no hará daño a un ser humano o, por inacción, permitirá que un ser humano sufra daño.
-Un robot debe cumplir las órdenes dadas por los seres humanos, a excepción de aquellas que entrasen en conflicto con la primera ley.
-Un robot debe proteger su propia existencia en la medida en que esta protección no entre en conflicto con la primera o con la segunda ley.

Estas tres leyes surgen únicamente como medida de protección para los seres humanos. Según el propio Asimov, la concepción de las leyes de la robótica quería contrarrestar un supuesto "complejo de Frankenstein", es decir, un temor que el ser humano desarrollaría frente a unas máquinas que hipotéticamente pudieran rebelarse y alzarse contra sus creadores. 

De intentar siquiera desobedecer una de las leyes, el cerebro positrónico del robot resultaría dañado irreversiblemente y el robot "moriría". A un primer nivel no presenta ningún problema dotar a los robots con tales leyes, a fin de cuentas, son máquinas creadas por el hombre para su ayuda en diversas tareas. La complejidad reside en que el robot pueda distinguir cuáles son todas las situaciones que abarcan las tres leyes, o sea poder deducirlas en el momento. Por ejemplo saber en determinada situación si una persona está corriendo peligro o no, y deducir cuál es la fuente del daño o la solución. Las tres leyes de la robótica representan el código moral del robot. Un robot va a actuar siempre bajo los imperativos de sus tres leyes. Para todos los efectos, un robot se comportará como un ser moralmente correcto. Sin embargo, es lícito preguntar: ¿Es posible que un robot viole alguna persona? ¿Es posible que un robot "dañe" a un ser humano? La mayor parte de las historias de robots de Asimov se basan en situaciones paradójicas en las que, a pesar de las tres leyes, podríamos responder a las anteriores preguntas con un "sí". Publicada cuando la electrónica digital estaba en su infancia, «Yo, robot» resultó ciertamente visionaria. De hecho, las Tres Leyes de la robótica se articularon hacia 1940.

La obra se caracteriza por la falta de un gran despliegue técnico o de detalles espectaculares de un futuro posible, o grandes historias sobre la colonización de mundos lejanos, Yo, robot viene a ser un compedio de situaciones extremas dentro de la psicología de los robots. El mérito de esta novela se centra en la creación de seres inteligentes que pronto superan en capacidad racional a los propios seres humanos, lo que hace que la humanidad tenga que protegerse de ellos con las tres leyes, lo que a su vez da lugar a complejas paradojas. En muchos casos con una gran dosis de sentido del humor que esconde cierta ridicularización del ser humano.

miércoles, 28 de abril de 2021

Un mundo feliz (La dictadura del placer)

Aldous Huxley. No hay nada que pueda definir mejor a este hombre que la palabra visionario. Junto con Orwell o Bradbury es uno de los padres de la distopía literaria. Escritor y filósofo británico, miembro de una reconocida familia de intelectuales y conocido por sus novelas y ensayos, pero publicó también relatos cortos, poesías, libros de viajes y guiones. Un genio.

Un mundo feliz es un clásico de la literatura del siglo XX, una sombría metáfora sobre el futuro. La novela describe un mundo en el que finalmente se han cumplido los peores vaticinios: triunfan los dioses del consumo y la comodidad, y el orbe se organiza en diez zonas en apariencia seguras y estables. Sin embargo, este mundo ha sacrificado valores humanos esenciales, y sus habitantes son procreados in vitro a imagen y semejanza de una cadena de montaje.

Enviados del pasado
‘Un edificio gris, achaparrado, de sólo treinta y cuatro plantas. Encima de la
entrada principal las palabras: Centro de Incubación y Condicionamiento de la
Central de Londres, y, en un escudo, la divisa del Estado Mundial:
Comunidad, Identidad, Estabilidad.’

Así comienza uno de esos libros que forman parte de la memoria colectiva universal. Uno de esos pocos textos que parecen haberse escrito hoy, cuando hace ya casi cien años que esta cuerda locura llegó a la mente de Aldous Huxley, y para cuyo título se inspiró en una obra del no menos genial William Shakespeare, La tempestad, en cuyo acto V, el personaje Miranda pronuncia su discurso.

¡Oh qué maravilla!
¡Cuántas criaturas bellas hay aquí!
¡Cuán bella es la humanidad! Oh mundo feliz,
en el que vive gente así.

Hay artistas, científicos o académicos que son buenos, otros que son brillantes y otros (los menos) que son visionarios. Gente que parece haber viajado atrás en el tiempo para narrarnos el futuro. Enviados del pasado que nos narran el futuro.

Pero su capacidad atemporal y visionaria no cala únicamente en la idea o premisa que nos cuenta en su irónico mundo feliz, sino en su contexto, en su prosa, en su detalle. Es ahí donde te das cuenta que hay algo en la mente de determinadas personas que viaja más allá de la imaginación. Me gusta creer que Aldous, Bradbury, Orwell o Asimov no son solo escritores con rabiosa creatividad y capacidad especulativa, sino viajeros del tiempo que nos quieren avisar de hacia dónde se dirige el mundo y la condición humana a través de sus obras.

Un mundo feliz es una novela referente, de culto y eterna que, además de dejarnos algunas de las más importantes citas célebres de la literatura mundial, sin duda sentó las bases de lo que muchos otros luego usaron para crear sus propuestas distópicas y de ciencia ficción especulativa. Sentó las bases para fórmulas, ideas y conceptos que se han ido incorporando en incontables ocasiones al cine: The Giver, The circle, Gattaca, Ex Machina, Inteligencia artificial o incluso Los juegos del hambre, Snowpiercer y Demolition man; las cuales nos parecieron en su día tan novedosas y asombrosas sin percatarnos que un tal Aldous en 1932 ya había vuelto cuando todos los demás íbamos, influyendo no solo en la literatura y el cine, sino en la música y la pintura de muchos artistas y autores.

Un mundo feliz es la utopía más distópica jamás escrita. esta novela es casi una profecía.

La lectura tiene un ingrediente anímico, generacional y de situación. Podemos leer una novela en nuestra adolescencia, mientras nos enfrentamos a los inicios del amor y la rebeldía, y sentir cosas distintas a cuando ese mismo libro lo leemos en la edad adulta o la ancianidad. Puede gustarte más o menos. Puedes amar una novela u odiarla dependiendo de la edad, momento y lugar en el que la leas o releas. Pero lo que me ha sucedido a mí en este caso es que he admirado y disfrutado más y más cada vez que releo esta novela, que tirando de trayectoria ha sido una vez cada década. A los 15, a los veintitantos y ahora, por tercera vez a los treinta y ocho años de mi ‘feliz’ existencia.

Una de las florecientes virtudes de Huxley es cómo su portentosa imaginación visual se presta al servicio de una habilidad descriptiva para la literatura. Es capaz de trasladar al papel, con todo lujo de matices y sensaciones, lo que en su mente se dibuja para que el lector pueda transcribirlo y pincelarlo en su lectura. Así. Los escenarios, los personajes, los objetos y los pensamientos que presenta en su obra son de una magnitud sensorial abrumadora.

‘Porque los detalles, como todos sabemos, conducen a la virtud y la felicidad, en tanto que las generalidades son intelectualmente males necesarios.’

Lo más peculiar aún de la literatura del escritor británico es que conjuga de forma casi inexplicable una ensayística sapiencia científica con un lenguaje y una ambientación totalmente universal e inteligible. Es como si Einstein diese una clase magistral a alumnos de guardería y al salir de clase estos lograse explicar a sus padres la teoría de la relatividad con total soltura. Esto es lo que hace a los genios seres universales. Esa grandilocuencia y a la vez frugalidad en la redacción me hace comparar a Huxley de algún modo con Tolkien. Digamos, o digo, que Huxley es la distopía lo que el escritor de El señor de los anillos a la fantasía épica.

Dios es Henry Ford
En el subyugo de la metáfora que Huxley nos ofrece no estamos exentos de un mensaje político o social que nos habla de desigualdad, de consumismo, de comunismo o capitalismo. No en vano dos de los personajes principales de la ‘sociedad fordiana’ (cuyos nombres, Lenina Crowne y Bernard Marx) hacen alusión al líder de la revolución socialista soviética, Lenin, y al padre del materialismo histórico, Karl Marx. Para más giro de tuerca, el fundador legendario de la sociedad fue Henry Ford, el fabricante de coches y creador del sistema de la cadena de montaje. De hecho Ford es considerado el dios de esta sociedad. La letra T (una referencia al Modelo T de Ford) reemplaza la Cruz cristiana como un símbolo religioso. Toda una declaración de intenciones subversivas que hoy día permanecen vigentes mientras vemos como nuestra libertad no es tal, porque de alguna forma seguimos siendo esclavos del sistema.

“A medida que pase el tiempo, éstos, como todos los hombres, descubrirán que la independencia no fue hecha para el hombre, que es un estado antinatural, que puede sostenerse por un momento pero no puede mantenernos a salvo hasta el fin…”

Pero la verdadera reflexión que hallamos dentro de esta utópica ironía resulta ampliamente existencialista. ¿Es posible un mundo perfecto, sin guerra o pobreza, si erradicamos todo aquello que nos hace humanos? Eh ahí la cuestión que planteaba este visionario, que ya nos vaticinaba la deshumanización desde el prisma de la tecnología reproductiva y el uso de drogas (S.O.M.A) para cambiar la conciencia individual y colectiva o el determinismo forzado. Por contra, ese sistema requería de la privación de elementos tan humanos como la familia, la cultura, la religión, la filosofía, el amor…



Todo lo que nos separa del rectilíneo camino de la exactitud es sencillamente un error en la cadena hacia la perfección, como así representa John el Salvaje (de la reserva Malpaís), hijo de dos ciudadanos del mundo civilizado y resultado de un error accidental en el método anticonceptivo. Sin embargo, es él quien transporta ese mensaje coyuntural y disyuntiva al considerar un acto artificial el hecho de que para asegurar una felicidad continua y universal, la sociedad debía ser manipulada, la libertad de elección y expresión se debía reducir, y se había de inhibir el ejercicio intelectual y la expresión emocional.

Puede que ser humanos sea la razón de nuestra infelicidad e imperfecciones, pero tal vez sea eso mismo lo que nos hace perfectos.
Por tanto, un mundo feliz se convierte en una paradójica metáfora de nuestra especie. ¿Queremos ser perfectos o queremos ser humanos?

Para acabar, no sin antes recomendar más que nunca la lectura y relectura de este libro, y con la esperanza de olvidar la adaptación cinematográfica de 1998 o la miniserie de 1980, os dejo el trailer de la nueva serie que será estrenada esta misma semana en la cadena de streaming Peacock, si Henry Ford quiere, y en la que han participado algunos de los mejores directores de series sci-fi del momento.

A priori no pinta mal, pero mucho me temo que las comparaciones volverán a desequilibrar la balanza.