miércoles, 1 de noviembre de 2017

La reina de las cactaceas

Cuatro días antes de cumplir 100 años de edad murió el miércoles 26 la doctora Helia Bravo Hollis. Su biografía es la historia de la inclusión de las mujeres en la investigación científica y del lento y productivo desarrollo de la vocación académica.

Nació y creció en Mixcoac, en un paisaje que sus padres le enseñaron a admirar. Su padre, Samuel Bravo, le dio con su vida otra enseñanza: por la fidelidad a sus convicciones maderistas fue fusilado en el cerro del Tepeyac, durante la decena trágica.

Desde niña sobresalió por su ahínco. En la preparatoria contó, con Ana María Reyna, entre las alumnas predilectas de don Isaac Ochoterena, quien le inoculó el virus de la curiosidad científica: al mismo tiempo que concluía el bachillerato era ya experta en protozoarios. Apenas adolescente, presentaba sus trabajos en la sociedad Antonio Alzate y los publicaba en la Revista Mexicana de Biología. Esas tareas motivaron su primer viaje al extranjero: curso de verano en el laboratorio de biología marina en Pomona College, de California.

Fue la primera bióloga mexicana. No existía aún la carrera, y la formación se hacía de modo combinado en la Escuela Nacional de Medicina y en la de Altos Estudios. Helia Bravo se convirtió entonces en maestra en escuelas secundarias.


El año de 1929 no sólo llevó la autonomía a la Universidad Nacional, sino también una nueva y delicada misión. El gobierno le confió importantes porciones del patrimonio cultural de la nación, como la Biblioteca Nacional, que sólo los ignorantes pueden, por lo tanto, pretender que apenas se erija y aplaudir su construcción. En ese trance se incorporaron a la UNAM las colecciones biológicas nacionales, formadas desde el siglo XIX. A partir de ellas se integró el Instituto de Biología a la Universidad, cuyo primer director fue el sabio Ochoterena (que más tarde sería uno de los fundadores del Colegio Nacional).

El viejo maestro atrajo a sus alumnos favoritos a la nueva tarea. Helia Bravo recibió la encomienda de formar el herbario. Pasaba los días entre zonas lacustres: de Chapultepec a Xochimilco. La Casa del Lago, sede hoy de acontecimientos artísticos, era el domicilio del Instituto. Y entre trajineras y chinampas estudiaba la joven bióloga los chichicastles. Pero pronto le fue asignada la nueva comarca de estudio, las cactáceas, de cuyo dominio se convertiría en la reina.

Después de cinco años de investigación apareció, en 1973, Las cactáceas de México. Resultó de su laboriosidad fructuosa: “Adquirí toda la literatura… (el Brittonn y Rose fue desde entonces mi biblia); visité el Smithsonian Institute, hice excursiones por toda la República para colectar material de estudio y tomar fotografías”, recordó su autora en el invierno de su vida. 

Recordó también, no sin lamentarlo, que la segunda edición en realidad una nueva obra por la actualización necesaria por casi tres décadas transcurridas desde la primera, demoró años en ser lanzada a circular. El resultado de la tarea fue un libro embarnecido, en tres tomos, preparados con el auxilio de Hernando Sánchez Mejorada, cuyos apellidos remiten a una prestigiada familia pachuqueña, y que acompañó a Helia Bravo en varias empresas profesionales: “la fundación de la Sociedad Mexicana de Cactología, la creación del Jardín Botánico de la Universidad y una investigación sobre las cactáceas en Mesoamérica. La indagación fue encargada por el doctor Peter Raven, del jardín botánico de Saint Louis Missouri. Los autores no vivieron para verla publicada en la colección Flora Mesoamericana, pues Sánchez Mejorada había fallecido años antes que la doctora Bravo.

Sólo una compensación tuvieron los afanes editoriales de la investigadora. El Fondo de Cultura Económica le encargó, junto con su colega brasileña radicada en México Lea Shennivar, la preparación de un texto de divulgación, parte de la colección La ciencia desde México, que apareció en 1995 bajo el título El interesante mundo de las cactáceas, del que está por aparecer una tercera edición.

Para entonces, la doctora Bravo se había jubilado: “Me retiran de trabajar en el Instituto de Biología a los 90 años, impedida por una dolorosa artritis que me impide caminar”, deploró. Ya había recibido el doctorado honoris causa, en 1985, y el emeritazgo cuatro años después. Se coronaba de ese modo una vida plena, que Óscar González López había resumido y festejado así todavía el sábado 22 de septiembre, cuando se esperaban los homenajes que la Universidad rendiría a la ahora desaparecida:

“Recorre de palmo a palmo la Mixteca poblana, sus veredas resecas, sus montes pelones salpicados de cactos de figuras fantásticas, penetras en los yacimientos fósiles de plantas. Descubre el esplendor cactáceo de la zona Tehuacán-Cuicatlán, los abundantes ejemplares de candelabros y tetechos, compañeros milenarios del teocintle, raíz mágica de la cultura de El Riego, primera zona cultivadora de maíz en Mesoamérica.”

Así mismo, continúa González en lo que sin quererlo se convirtió en el epitafio de Helia Bravo, “incursiona en barrancas, cañones y desfiladeros de nuestras sierras, en sus cuevas y crestas, en busca de nuevas especies de cactáceas. Conoce decenas de pueblos mineros abandonados en las regiones áridas del altiplano central. Han visto su paso explorador Apozol, en Zacatecas y los cardones peliblancos de Molango, en Hidalgo”.

El conocimiento científico creció con sus andanzas. Varias especies identificadas por ella llevan su nombre. Es justo canje, su dedicación a estas plantas propias del paisaje desértico y pobre afinó su espíritu, le imprimió modestia contrastante con la trascendencia de su obra. Dijo de sí misma en marzo pasado:

“Hice mi trabajo con sentido de responsabilidad ante la UNAM, con amor, con pasión, con coraje. No fue un trabajo a sueldo, fue una grata investigación. A pesar de todo, creo que mi trabajo dejó mucho que desear, pues el conocimiento de las cactáceas no está acabado, siempre se está haciendo.”

Donde ahora se halle verá una vez más, como lo vio Amado Nervo, que “los órganos parecen/candelabros que se mesen/con la brisa matinal”.

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