viernes, 7 de abril de 2017

Fósiles: Ambar (2)

Pocos yacimientos
Para que se forme el ámbar es necesario que coincidan, por lo menos, tres cosas: árboles que produzcan mucha resina, que crezcan en zonas con sedimentos que permitan el proceso de fosilización y tiempo, mucho, pero mucho tiempo.

Todos los árboles producen resina, pero solo dos son capaces de supurar suficiente goma con posibilidades de fosilizarse: un pino (Agathis australis) y las especies del género Hymenaea. Eso explica, en parte, por qué no es posible encontrar ámbar en cualquier sitio.

En el mundo únicamente se han contabilizado alrededor de 20 depósitos importantes; el más grande está en el mar Báltico. Y no todos tienen la misma antigüedad, por ejemplo, el de Francia tiene una historia de 100 millones de años.

En América, se han identificado yacimientos de ámbar en Colorado y Arkansas, Estados Unidos; en República Dominicana, en Colombia y en México. Si se iluminan las zonas donde se han encontrado depósitos de ámbar en el país, se tendría color en los municipios de Simojovel, Huitiupán, El Bosque, Pueblo Nuevo Solistahuacán, Salto de Agua, Totolapa y Mal Paso, en Chiapas. También se tendría un pequeño punto iluminado en Coahuila, porque hace unos meses científicos mexicanos reportaron la existencia de ámbar, de 70 millones de años, en minas de carbón de aquel estado.

Hay ámbar de tonalidades oscuras y rojizas. También lo hay del color del sol, de la miel o de un girasol. Incluso, lo hay verde.

El que más interesa a los chinos es el amarillo, aquel que no tiene nada en su interior, aseguran mineros y artesanos.

En una de las primeras bardas que se encuentran cuando se llega a Simojovel hay un letrero: “Prohibido comprar ámbar dentro la comunidad”. No se entiende el sentido del mensaje cuando se llega a la plaza central y se mira varios puestos desmontables que venden la resina fósil en forma de aretes, anillos, collares. Mucho menos cuando se camina por el pueblo y afuera de varias casas se encuentra este anuncio: “Se vende ámbar”.

Patricia Díaz, coordinadora de Turismo del municipio de Simojovel, explica el porqué del primer letrero.

—A mediados del año pasado comenzaron a llegar muchos chinos a comprar ámbar. El precio se disparó. Los mineros y los intermediarios ya no querían vender a los artesanos. Todo querían vendérselo a los chinos. Los chinos intentaron comprar tierras en la zona, querían meter maquinaria para sacar la producción de un mes en tres días. Por eso se acordó que ya no se vendería ámbar sin pulir a los extranjeros, sobre todo a los chinos.

Todos hablan de los chinos: los mineros, los artesanos, los investigadores, los funcionarios y los comerciantes. Durante el tiempo en que estuve en Simojovel, no miré a ningún chino.

Polvo que enferma
A los pies del cerro donde trabaja Serafín, hay pequeñas casas con techos de palma, paredes de carrizo y uno que otro muro de cemento. Cuando se camina entre estas casas con piso de tierra, se escucha el “zzzzzz” de los motores que se utilizan para pulir el ámbar.


Es fácil ubicar las casas de los pulidores: sus muros, sus puertas, sus patios están llenos de pequeñas partículas, de polvo blanco que antes fue ámbar.

Francisca Hernández y Rosaria Rodríguez son tzotziles. A las siete de la mañana se sentaron en el patio de su casa para transformar el ámbar recién sacado de la mina en relucientes y perfectas esferas. Son las 11 de la mañana. En este tiempo han formado cerca de 60 piezas. El precio de cada una depende de su peso y color. Las esferas más grandes y transparentes pueden alcanzar un costo de 200 o 300 pesos el gramo.

—A veces se corta nuestra mano con motor y sale mucha sangre. A veces me duelen los pulmones —menciona Francisca. Lleva 18 años trabajando el ámbar y es muy probable que si un médico la conociera le diría que ese polvo que respira todos los días, y que cubre todo lo que la rodea, es el responsable de sus problemas pulmonares.

Los pulidores no son los únicos que se enferman al trabajar con el ámbar. Los mineros —como Serafín— padecen dolores de espalda; otros terminan medio sordos porque su tímpano se afecta con tanto golpeteo que propinan al cerro.

Incógnitas científicas
Nadie sabe con certeza cuánto ámbar existe aún en las entrañas de los cerros de Chiapas. Nadie sabe cuántas generaciones más de chiapanecos seguirán encontrando el sustento en la extracción y tallado del ámbar. Los científicos tampoco saben por qué hace más de 20 millones de años, los árboles de Hymenaea que dominaban lo que hoy es Chiapas emanaron tanta resina; por qué se extinguieron esos árboles.

Los científicos tienen hipótesis:
—Es posible que los árboles hayan respondido a un ataque de insectos, que se hayan enfermado y que por eso produjeron tanta resina —dice el paleobotánico Sergio Cevallos.
—El tiempo del ámbar concuerda con los aumentos de la temperatura global, seguramente hubo deshielos y estos provocaron el aumento en el nivel del mar. Posiblemente la inundación de agua salada provocó que los árboles empezaran a morir y se volvieran más resinosos —comenta Carbot, curador de la colección paleontológica de Chiapas.

Hay científicos que también plantean que esta zona fue azotada por huracanes que lastimaron los árboles.


Los investigadores coinciden en la importancia del ámbar y su estudio. Laura Calvillo insiste en que “es una ventana al pasado”, un recordatorio de que especies que antes dominaban el planeta ahora son historia.

Alejado de las reflexiones científicas, Serafín sigue metido en las entrañas de los cerros de Simojovel. Sigue golpeando con el pico sus paredes hasta desmoronarlas como un mazapán, hasta encontrar esa resina fosilizada con una historia de más de 23 millones de años.

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